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22 marzo 2010

El decálogo del turista rural

La semana que viene ya tenemos aquí a las vacaciones. Jo, tengo unas ganas. Casi tantas como tú, ¿a que sí? Si es que parece que no pero eso de reconciliarse con la madre que parió al despertador tiene su aquél.
Lo sé. Te encantaría disfrutar de las vacaciones que tuvo Aída el verano pasado e irte a pasar unos días a Kabila para disfrutar, a pan y cuchillo, de la naturaleza y de la hospitalidad del buen Rafa. Lo que pasa es que como que no tienes parientes tan generosos has decidido tirar la casa por la ventana, liarte a hacer maletas y embarcarte en una de las aventuras más singulares de nuestros días: el turismo rural.

Para los urbanitas de pro, turismo rural significa que te vas a dejar una pasta por ir a vivir unos días en una casa de un pueblo medio deshabitado por aquello de abandonar el asfalto de la metrópoli e introducirte en ese ambiente bucólico que tienen las vidas de los pueblos.

Como que sé que eres un inconsciente, el Forsialtro te va a dar una serie de consejillos para que te conviertas en un aborigen con pedigrí y no hagas ese ridículo tan espantoso que hacemos los urbanitas cuando dejamos atrás la ciudad. Ya me pagarás el favor con un chorizo y una botellita de sidra.

1.- Cuando llegues no pongas los brazos en jarras y exclames aquello tan patético de "qué bien se respira aquí". Desengáñate. No es aire puro. Es caca de vaca. Boñigas, para que lo entiendas. Entiendo que la masiva inhalación de dióxido de carbono en tu fabulosa ciudad te ha dejado la pituitaria más dañada que las existencias de cervezas de la despensa de Rafa, pero por mucho que te esfuerces, el metano expulsado por un ano vacuno no suele oler bien.

2.- Participar de las labores de la casa está bien. Te ayuda a combatir el tedio del día, pero no seas tan educado. Si el señor de la casa te despierta a las cinco de la mañana para ordeñar una vaca, lo mejor que puedes hacer es decirle que la leche te provoca acidez y olvidaste el bicarbonato. Perdona la ordinariez, pero ni siquiera la perspectiva de tocar una teta merece ese madrugón.

3.- Las ermitas semiderruídas en lo alto de un picacho son interesantes, es verdad... pero sólo si eres una lagartija o una hormiga. Si por el contrario eres un urbanita, no accedas a visitarla en una inolvidable excursión en burro. Un burro, por si no lo sabes, es un bicho. No tiene cambio de marchas, ni airbag y además tiene la fea costumbre de pararse a comer moras justo en el sitio donde la sombra más cercana se adivina a kilómetros.

4.- No disponer de televisión ni de internet es un pequeño inconveniente que te recordarán constantemente tus hijos. No seas pesado ni te pases de positivo. Por mucho que te empeñes, una apasionante timba de tirar piedras al río es un auténtico coñazo. No existe la Federación española de botes de piedra en el agua y si existe, no tiene ningún federado.

5.- No hagas el ridículo intentando enseñarle a un lugareño la cantidad de melodías que tiene tu móvil. Por si no te has dado cuenta, mientras tú ibas a la ermita en burro, él viajaba en un 4x4 con GPS, airbags laterales y sistemas de navegación que ni siquieras sabes que existen. Probablemente él disponga de un IPad que le regaló el hijo que tiene estudiando en Boston.


6.- Antes de decir aquello de que la comida que te sirve tu buena hostelera es mucho mejor que la de la ciudad, asegúrate de comprobar que el cubo de la basura no esté a rebosar de envases del Mercadona. Te lo aseguro, el Mercadona de allí y el de aquí envasan la misma materia orgánica. No sé si comestible o no, pero es la misma.


7.- Los Picos de Europa se llaman así, no porque estén en Europa, sino porque son picos. Vamos, que el suelo está empinado. No me seas fantasma y deja la bicicleta en casa. Por si no te has dado cuenta, no hay carril bici y, bigotes aparte, de muflón no tienes nada.


8.- La decoración de las casas rurales es horrorosa. Entiendo que las vacaciones relajan tu buen gusto, pero por mucho que te empeñes, colgar encima de una chimenea una azada, responde a una estética más que dudosa. Es como si tú decorases la pared de tu casa colgando grapadoras. Así que no alabes el buen gusto del anfitrión porque se animará y al día siguiente, cuando te llame para ordeñar a la vaca, lo mismo te encasqueta esa horrorosa gorra azul marino, que con letras amarillas luce orgullosa la leyenda "Piensos Martínez. Tu vaca te lo agradecerá"... su vaca sí, pero lo que es tu cabeza...


9.- No seas imprudente. Desde que tenías un año bebes de un vaso y, como mucho, a morro de una botella. Beber sin mancharse de una bota, cuesta un testículo y medio. Las botas no son rígidas y suelen tener la manía de lanzar el chorrito de vino con un flujo no constante. Si te atragantas, lo mismo te da la tos y espurreas de vino la comida del Mercadona, los niños, el burro y la pobre vaca. No me seas guarro, cacho muflón.


10.- Y ya para acabar, pásatelo en grande, disfruta un montón, descansa y no corras con el coche. Somos muchos los que te esperamos.


22 abril 2009

Cambio de estado

Imagínate que te compras un piso. Cincuenta metros cuadrados, dos habitaciones (una sin luz), cocina, cuarto de baño con un plato de ducha que precisa reparaciones urgentes y un salón-comedor que aunque grande no es, te permite poner los pies encima de la mesa sin tener que meterle la zapatilla en la boca al pobre Mario Picazo, cuando a través de la porquería de televisión que conseguiste con los puntos de La Caixa, te anuncia que mañana va a llover. Nada del otro mundo, pero oye, es tu piso. Al fin y al cabo, lo has elegido con todo el cariño del mundo y te has unido a él los próximos cuarenta años de tu vida, tal y como te recordará tu fiel banco cada final de mes.
Entonces, para festejarlo, a tus amigos no se les ocurre otra cosa que montar un fiestorro. Te endosan un bañador negro con un conejito Playboy bordado en el pecho, te acicalan con sendos interruptores fosforitos colgando de las orejas, una peluca de rizos imposibles de color amarillo limón y te encasquetan una preciosa diadema adornada con ladrillos de purpurina. Al fin y al cabo, ¡no todos los días se compra uno un piso!

En comitiva, se arman de silbatos y con alborozo van gritando por la calle "¡Se va a hipotecar!" "¡Felicitadle! ¡por fin dirá adiós a sus escarceos con el alquiler!" En fin, lo normal, cuando uno tiene a esa panda de cafres por amigos.
Para hundirte más en la miseria, te llevan a una inmobiliaria donde te mostrarán, con su consiguiente algarabía, los pisos que venden por ahí. Auténticos palacios de 200 metros cuadrados, con bañeras redondas y con sus ventanas de aluminio que cierran y todo. Ante ese griterío, alucinarás al ver al soso del Arias, el cual por no hacer ruido, ni tiraba de la cadena en la oficina, perder el control y gritar como un poseso "¡Eso son acabados y no los de mi quinto primera!"
Tú te quedarás maravillado ante tanto lujo y pensarás resignadamente "¿Pero qué birria de piso me he comprado yo?" Vamos, las dudas lógicas de última hora, pero te dirás a ti mismo que tu piso es único y sobre todo, va a ser tuyo. Anda que no vas a ser feliz allí.
Finalizado ese dramático momento, te llevarán a cenar y como está mandado, los platos estarán relacionados con el estatus de propietario al que, voluntariamente, vas a acceder. Así, te servirán deliciosos embutidos con forma de ladrillo, empanadillas al estilo interruptor y una suculenta tarta con simpáticas alegorías a las humedades de las paredes de tu futuro baño. Un banquetazo, vamos. Tras el postre, con las copas, el momento culminante de la fiesta: los regalos. Tus amigos, en un alarde de generosidad sin precedentes, te regalarán calzoncillos con puntillas que simulan cortinas venecianas con su riel y todo, unos simpáticos ladrillitos con patas blancas y sonriente dentadura que dan saltitos cuando les das cuerda, y unas revistas de decoración que quitan el hipo. Un auténtico arsenal de objetos inverosímiles de dudosa procedencia.
El alcohol, lentamente hará su trabajo y tus amigos y tú os pondréis sentimentales. Bromearéis sobre aquellos tiempos pasados en los que le birlaste al inocentón del Arias, aquel apartamentito tan mono que alquilaban al ladito de la Sagrada Familia. Menuda faena le hiciste, mamonazo. Entonces, aparecerán las primeras lágrimas provocadas por la mezcla del Protos de la cena con el abundante surtido de mojitos que sin parar pedís al camarero y decidís iros a dormir la mona, no sin antes recibir todo tipo de consejos de tus coleguitas. "Que si al principio cuesta acostumbrarse al estuco de la pared" "Que si decides que no puedes con la hipoteca, allí están ellos para lo que haga falta" y todas esas cosas que dice uno cuando el alcoholímetro firma el testamento ante la próximidad de tu aliento.

¿Qué pasa, crees que exagero? ¿Piensas que no existen fiestas así? Pues te equivocas. Existen y se llaman despedidas de soltera. Vale, a lo mejor hay que cambiar alguna cosilla, pero más o menos, son así. Te lo digo yo, que estuve a punto de hacer de bombero en una de ellas. Vale, a lo mejor aquí me he pasado un pelín, pero lo que sí es verdad es que una vez me quité el abrigo al llegar a clase y como que estrenaba jersey, dos compañeras mías me silbaron. Más simpáticas que eran... ¡pero qué feas, las joías!

¿Por qué estas fiestas son así? ¿Es necesario hacer pasar por todo esto a la futura novia? Esas amistades, ¿persisten después de someter a alguien a tal humillación? Es más, por qué la bruja de turno, insiste siempre en regalar un picardías de la talla S, cuando sabe que que la novia usa la XL, bajo la siniestra excusa "como que dijiste que harías régimen, corazón".

Curiosamente y en contra de lo que se cree por ahí, las de soltero son muy diferentes. Soy consciente de que existe una leyenda urbana que atribuye a estas celebraciones no sé que de una stripper que sale de no sé qué tarta. Nada, nada. No son más que infundios extendidos por aquellos que pretenden esconder a los ojos del mundo lo que realmente se cuece en esas bacanales. Pero no te preocupes. Ya estoy yo aquí para desvelar, de una vez por todas, lo que realmente ocurre en esas insólitas celebraciones. Jugándome mi legendario prestigio en el mundo virtual, voy a chivarme.
En una despedida de soltero, lo que hacemos los hombres es... ¡jugar a la Playstation! Menudas timbas. Doce horas sin parar con tus coleguitas sin nadie que te diga "Es tarde, vamos a casa a dormir" o "hace dos horas que dijiste que era la última". Ese pobre Arias que no tiene ni idea de cómo ponerle gasolina al coche de Louis Hamilton y que lo dejas sin combustible a tercera vuelta, ese pobre Pujolàs que no acierta a apretar el botoncito adecuado para marcarte un penalti en el último minuto jugando al Fifa 09 ante el cachondeo del resto,... ¿Acaso hay algo más entrañable?

Las despedidas de soltero frente a una consola están tan extendidas que se han dado casos de divorcios exprés a la que sale una nueva versión del Quantum of Solace. De esta forma, el recién divorciado tiene excusa para contraer matrimonio de nuevo y así montar una reunión de ésas. Es más, según estudios muy serios, está demostrado que el número de peticiones de mano aumenta exponencialmente a la que editan un nuevo CD del Moto GP4.

Jo, qué tiempos. Menos mal, que en un alarde de responsabilidad, me he pasado a la Wii. Como mucho, juego al tenis con mi hija pequeña. Así me evito la humillación de que me zumbe el soso del Arias. Aunque eso sí, ¿alguien sabe qué hay que hacer para ganar, de una maldita vez, a una niña de nueve años? Es que he probado hasta de ponerle pilas viejas a su mando pero ni por esas, oye.

10 abril 2009

Quod erat demonstrandum

Tengo un disgusto. Si es que el que es gafe, es gafe, jolines ya.
Te cuento, pero te anticipo que vas a necesitar un paquete de Kleenex para secar el valle de lágrimas en el que voy a convertir tu hogar, dulce hogar.
Verás, como te conté hace unos días, gracias a mi estancia en un hotel supermegapijo, descubrí que lo que quiero ser cuando sea mayor, es ascensorista.
Desde entonces no he hecho otra cosa que prepararme a conciencia para ser un profesional de altura en las alturas. Sé mirarme los zapatos cuando subo en un ascensor, puedo declamar sin pestañear frases dificilísimas como "pues dicen que mañana va a llover" y soy un virtuoso pegando con celo en la puerta de mi ascensor, un papel a cuadros que rece sentencias del tipo "la del quinto A, la muy rata, no paga las derramas" o "vecino del cuarto B, guarro, deja la basura en el contenedor y cierra las bolsas, que por el extractor de humos ya sabemos que cenaste empanadillas del Lidl". En fin, ya lo ves, un entrenamiento muy serio para sacar una buena nota en las próximas oposiciones a ascensorista que estoy seguro que voy a poder aprobar.

Total que un día estaba yo tan ricamente, atascado en mi ascensor entre el entresuelo y el principal primera, leyendo el Wall Street Journal para ver cómo cotizaban las acciones de OTIS y otras empresas del sector cuando mi esfínter se contrajo sensiblemente al leer que, según un estudio bastante serio, el mejor trabajo del mundo no es el de ascensorista, ni el de rey, ni siquiera (y esto sí que es increíble) el de masajista de Charlize Theron. Según este prestigioso diario, resulta que el mejor oficio del mundo es el de... (ruido de tambores)... ¡matemático!
Yo es que me quiero morir. ¡Matemático! Pero, ¿quién (en su sano juicio claro está) quiere hacerse matemático?
Yo, que en el cole, cuando me dijeron que había infinitos números me dije "¡Ostras! ¿y hay que sabérselos todos?" Por eso me hice de letras, ya que de éstas, con 28 que te sepas vas que te estrellas. Mi vagancia y yo, ya sabes.

Yo conozco a un matemático. Es un buen hombre pero un pelín... ¿cómo decirlo...? un pelín... eso, es... ¡pintoresco! A veces, está fregando los platos y sin saber por qué, fija su mirada en el chorro de agua y exclama
-¡Bernouilli! ¡flujo constante, por tanto, divergencia nula! - que te dan ganas de replicarle,
-¡Fairy! ¡milagro antigrasa y por tanto, no te escaquees, cacho jeta!

La gente de mi entorno dice que es muy listo, pero listo de "inteligente", no lisssto de "cuñao enterao", que es muy distinto. Yo no estoy de acuerdo. Un tío que se levanta a a las cinco de la mañana a garabatear hojas y hojas con figuras extrañas, integrales y logaritmos, listo, lo que se dice listo, no sé si será, pero un poco pringadillo sí que me lo parece. Porque es lo que yo me digo. Si a las cinco de la mañana estás de pie, una de dos, o acabas de llegar a casa o tras una noche complicadita, estás haciendo pis.

Pero insisto, es buen un tipo. Sólo le altera una cosa. Cuando vamos de cena con amigos y toca pagar a escote, todo el mundo le dice "el matemático, que divida el matemático, que sabe de números", y él, pobrecillo, se molesta un poquitín, porque dice que cuando a alguien se le acaba la batería del móvil, nadie exclama "¡Yolanda! ¡que lo cargue Yolanda! que trabaja en Vodafone". Más gracioso que es el joío.

En fin, que tal y como están las cosas, veo que voy a tener que abandonar mi aspiración a ser ascensorista para tener que adentrarme en el oscuro mundo de los atractores caóticos, de las seminormas, de las geometrías tropicales o de las aplicaciones conformes aunque... con esos nombrecitos, casi mejor que pida trabajo en Vodafone.

27 enero 2009

Hotel, dulce hotel

Hace unas semanas me alojaron en un hotel para ricos. Más mono que era. Y qué limpito estaba todo, oye. Qué distinto de aquel antro mallorquín donde tuve que alojarme hace unos meses.
Supe que era de ricos porque había muchas estrellas dibujadas en un cartelito pegado en la pared y además había un señor vestido de primera comunión que servía para abrirles la puerta del coche a los clientes que iban llegando. Qué aburrido, ¿verdad...? y pobrecitos los ricos, tanto dinero para acabar así: impedidos. Ya ni recuerdan cómo funciona el complicadísimo mecanismo de una puerta. Para que luego digan que son más felices que el resto. Todo habladurías. Yo, sin ir más lejos, si me lo propongo, hasta sé abrir ventanas yo solito.

Aproveché mi estancia en ese establecimiento para descubrir cosas interesantes sobre los hábitos de conducta de la pintoresca fauna de los seres adinerados. La verdad es que me lo pasé bien haciéndolo y aprendí muchísimo. Por ejemplo, me di cuenta que los ricos no saben hablar alto y son capaces de emitir sonidos guturales, incluso cuando pronuncian consonantes fricativas o alveolares en locuciones como "osssssea", "fenomenalllll" o "essss un amooooor". Sí, ya sé que su lenguaje no se entiende muy bien, pero tras un concienzudo trabajo de campo, he podido elaborar un detallado diccionario castellano-rico, rico-castellano y gracias a él puedo decirte que las dos primeras expresiones significan, respectivamente, "es decir" y "¡cojonudo!". La última ya es más complicada. Según el contexto y el deje de la erre puede significar "es una persona encantadora" o bien "es un tontolculo". La erre, que da mucho de sí, ya ves.

Otra cosa que me llamó la atención del ecosistema de aquel hotel fueron los hábitos alimenticios de los individuos de esa especie. Hay que ver qué cosas tan raras comen los ricos. No sé tú, pero yo, si me tomo para desayunar un pudding de carne con una copa de champán, lo más probable es que deba dirigirme con urgencia al servicio público más próximo, para evacuar por algún agujero de mi agraciada fisionomía, la totalidad de tan curioso manjar.
Total, que como que los individuos de la especie Homo Sapiens Currantis, no tenemos diseñado el sistema digestivo para ingerir esas suculencias, tuve la osadía de pedirle al camarero que me sirviera (por favor, claro está) un café con leche y unos churritos. Me miró un poco raro, la verdad, como diciendo, "¿a quién se le ocurre tomarse un café con leche por la mañana...?". Si es que yo también...
Me los trajo, sí, pero ¡con cuchillo y tenedor! ¿alguien ha probado comerse unos churros con cubiertos? Si hasta saben distinto, ¿a que sí? Además, ¿cómo los mojas en el café con leche?

En fin, a lo que iba, que me enrollo, te me aburres y luego no quieres escuchar (o leer) lo que te quería contar. Resulta que al ver cómo funcionaba todo en aquel curioso lugar, al observar lo bien que viven los tíos que tienen pasta y al abandonar mi regio porte a esos lujos tan exquisistos, resulta que ya sé lo que quiero ser cuando sea mayor. Es que tenía un lío...
Cuando crezca quiero ser... ¡ascensorista!
Anda que no mola. Un trabajo de altura con vehículo de empresa y todo. Además, el amable ascensorista que yo tenía en aquel hotel, me dijo que no hacen falta demasiados conocimientos técnicos. Basta con saber contar, con llevar los zapatos limpios y con saber algo de metereología. Lo de los zapatos y lo de los números lo estoy mejorando, pero lo que llevo fatal es lo del tiempo. Sin ir más lejos, el otro día mi "infalible" intuición me anunció un día espléndido, con lo cual aproveché para tender la ropa... Ese mismo día, en Catalunya tuvimos vientos de casi 200 Km/h. El resultado es que mi mítico tanga de leopardo ondea en el balcón consistorial flanqueado por la Senyera y nuestra eterna rojigualda... ¡una vergüenza que me da!
Aunque te digo una cosa. Casi mejor, porque desde que me he enterado que a Jimñenez Losantos le gusta esa ropa interior, he decidido bordarme unos preciosos calzoncillos de perlé de color celeste. Que se fastidie el hortera ése.

En fin, ya acabo, no sin antes rogarte que si sabes de alguna academia donde preparen para las oposiciones de ascensorista, me lo hagas saber. Si apruebo, te dejaré subir y bajar en mi ascensor cuantas veces quieras. Ya verás qué juerga.

08 julio 2008

Para ti, que eres joven

Querido adolescente. Sí, en efecto, te has equivocado y sin querer te has colado en mi blog. Yo soy ese señor de bañador a cuadros, piel bronceada, regio porte y tableteado abdomen, que de cuando en cuando hace uso de la piscina municipal de Sant Quirze del Vallès para aguantar como puede el calor que se nos ha venido encima.
Como que tú, tus amigas y tus amigos os colocáis a unos dos metros de donde me suelo situar yo, me he permitido observar durante varios días los procedimientos que usáis para acercaros a ellas y atraer su atención, con el sano propósito de ligároslas. No es que uno sea un experto en el noble arte de relacionarse con las personas del sexo femenino. De hecho, ya ni me acuerdo de cómo se hacía, pero aún así, permíteme que te señale que lo hacéis bastante mal. Por ejemplo, la táctica urogallo está bien, es pintoresca, divertida y a veces hasta efectiva, pero tiene un pequeño problema. Sólo funciona si eres un urogallo. Si por el contrario eres un casiniño de dieciséis años, e insistes en usar esos pavoneos, te advierto que es tan eficaz como meterte en un saco y tirarte por un barranco.
Como que el Forsialtro ha tenido, desde siempre, una marcada vocación de servicio público, te voy a dar unos consejitos para que poco a poco vayas depurando tu técnica. Ya me devolverás el favor cuando crezcas, ¿vale?

1.- Si bebes Coca Cola o cualquier refresco con gas, no te hagas el machito eructando en la oreja de la rubia de bikini estampado. Es una guarrada y con toda seguridad, a ella le va a molestar un montón. Entiendo que la presión de los gases en tu joven estomágo puede ser un fastidio, pero te aseguro que la táctica del eructo no funciona. Dejando a un lado a Godzilla, hasta la fecha, ningún documento atestigua el caso de alguna mujer que haya caído rendida a los pies de un hombre por la armoniosa polifonía de los eructos de éste.
2.- Esa cinta tan llamativa que tienen las chicas en su espalda no es un tirachinas. Se trata de un elástico que sujeta la parte superior de su bikini. No lo uses para fustigar la piel que protege su columna vertebral. Lo más probable es que te envíe a colgarte de los cuernos de tu padre. Es bastante posible también, que acompañe su ruego con un bofetón en tu imberbe rostro.
3.- Personalmente, opino que lucir medio calzoncillo de color azul eléctrico por encima de un bañador, colocado a mitad de trasero, es una horterada. Pero oye, si es moda, es moda y ahí no voy a entrar. Como bien dicen, sobre gustos no hay nada esemeseado. Ahora bien, si durante tres días consecutivos llevas puestos los mismos calzoncillos, además de hortera eres un guarro. Entiendo que el presupuesto no da para nutrir tu armario de Calvins Kleins que ostenten la marca en la goma de sujeción, pero entiende que los demás bañistas, al verte flotar, van a empezar a sospechar que no es que estés amortizando los cursillos de piscina que te pagó tu madre cuando ibas a P5. Lo mismo, a alguno se le ocurre imaginar que la flora bacteriana que atesoras en tu zona escrotal ha iniciado su metabolismo anaeróbico produciendo cantidades industriales de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero y que son éstos los que te mantienen a flote. De ahí las burbujitas.
4.- Tirarse en grupo a la piscina, haciendo piruetas, llama la atención, es cierto. Tampoco te comerás un rosco con ello, pero al menos, mientras te tiras, te ríes. Eso sí, cuando lo hagas, debes asegurarte de que en el lugar del agua donde vas a caer no haya ningún niño nadando en ese momento. Aparte de que le puedes hacer daño, acciones como éstas pueden acarrearte serios problemas. Verás, es que los niños en las piscinas tienen el incoveniente de que suelen ir acompañados. Si ha venido con su padre y éste lleva puestas las gafas de sol, estás salvado. Lo más probable es que esté mirando de reojo a alguna bañista jamona y esto te proporcionará unos valiosísimos segundos que te permitirán escapar más o menos indemne. Pero si ha venido sólo con su madre... estás muerto. No habrás sacado la cabeza del agua y la verás de pie, al borde de la piscina, armada con una chancleta y cagándose en todo tu árbol genealógico.
5.- Ahondando en el repertorio de técnicas de apareamiento absolutamente erróneas, te diré que coger a la fuerza y en brazos a la chica que acaba de llegar, para tirarla al agua entre las risas de tus colegas, no tiene ninguna gracia. Y si ella se ríe, no es porque esté encantada de que la hayas lanzado vestida y le hayas empapado hasta las zapatillas. Simplemente es que en tu esfuerzo, tu calzoncillo azul eléctrico se ha bajado ligeramente y deja entrever un trasero con un hemisferio depilado y el otro sin depilar. Háztelo mirar, tío, que más que un culo parece que tienes un yin-yan.
6.- Desengáñate. El timbre de tu voz es espantoso. No pasa nada, tú tranquilo. Todos hemos superado ese trance y te aseguro que el tiempo hace su trabajo bastante bien. Es por ello, que debes apartar de tu mente la idea de que las chicas son sordas y que, por tanto, hay que hablarles a gritos. Que no te escuchen no significa que no te oigan. Simplemente es que no les interesa en absoluto saber cómo saltas las pantallas en el Quantum of Solace con la Play Station 3. El rictus despectivo de su labio superior puedes considerarlo como un indicio casi definitivo.
7.- No lances piropos babeantes y menos a personas que no conoces. Es cierto que hay mujeres que dicen que un piropo ingenioso les puede resultar agradable, pero hay muchas otras que detestan que un mocosete, a grito pelado, las ponga en evidencia delante de doscientas personas. No obstante, si persistes en tu error, jamás, pero jamás, les digas aquello de las cucarachas y de los polvos. Es ordinario, soez y además está muy usado.
8.- La socorrista rubia de bañador rojo está muy bien, es verdad. Pero vamos a ver, chavalín. Teniendo en cuenta que la madurez de tus dieciséis años equivale a la de los doce de una mujer y considerando que la socorrista supera con creces los dieciocho, no tienes ninguna posibilidad de intimar con un ser así hasta que acabes Económicas, por lo menos. Así que haz el favor de quitarte de en medio. ¿Para qué te crees que me pongo yo las gafas de sol?
9.- Y ya para acabar, recuerda. Si algo es público, es tuyo, pero no sólo tuyo, también es mío, del señor del bañador de flores, de la señora de la pamela pistacho, etc. Por tanto, no me uses las hamacas como trincheras, ni escupas en el suelo (hay gente que va descalza en la piscina), ni fumes dentro del agua. Y sobre todo, pedazo de mamón, no hagas ostentación de tanta vitalidad, jolines ya. Que los que estamos a punto de plantarnos en los 41, nos ponemos malitos de la envidia que nos das.

Imagen de Elena Chernenko.
 

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