Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas

26 julio 2009

Estrellas

Siempre le hubiera gustado saber Física. Hablar con las estrellas, descubrir sus secretos, ser inmortal.

Soportando el calor de aquella tarde de Julio, ordenaba con mimo sus libros. Uno a uno, los limpiaba, y los volvía a colocar en aquellas estanterías repletas que demandaban, agónicas, una urgente ampliación.
Tímidamente, emergiendo de aquel caos previo al orden, apareció aquel ejemplar de bolsillo que adquirió cuando aun no contaba con dieciocho años: Sobre la teoría de relatividad especial y general, de Albert Einstein.
Se sentó en su butaca con el delgado libro en sus manos y empezó hojearlo. En la portadilla, con tinta azul y una caligrafía agradable había dejado constancia de su nombre, de una ciudad y de una fecha, Abril de 1985. Sonrió maliciosamente al toparse de nuevo con la página 35. Aquella que, tercamente, semana tras semana, había sido el obstáculo insalvable para comprender el mensaje del sabio alemán. Me costaste mucho tiempo, pensó, pero te vencí.

Depositó suavemente el libro en el estante correspondiente y tras él, otros de Feynman, Hawking, Weinberg,... Le encantaba verlos allí, todos juntos, apoyándose unos a otros, protegiendo y dando testimonio, de la victoria más gloriosa del hombre sobre la oscuridad.

Cogió de nuevo uno de esos ejemplares, quizá su favorito, quizá el más sencillo y por eso, quizá, el libro que más le había hecho pensar en toda su vida: Six easy pieces. Un antiguo billete de tren olvidado, a modo de marca, señalaba algún punto en la obra. Abrió el libro por la página señalada y leyó en voz baja aquellas frases que tanto le habían estimulado en otro tiempo,


"Si, en algún cataclismo, todo el conocimiento científico fuese a ser destruido y sólo una sentencia pasara a la siguiente generación de criaturas, ¿qué frase contendría la mayor información con el menor número de palabras? Yo creo que es la hipótesis atómica (...), que todas las cosas están formadas por átomos (...)."

Respiró profundamente y perdió su mirada en las casas castigadas por el sol de la tarde, que veía desde su ventana. Todo era silencio.
Entonces cogió un lápiz y tachó aquella proposición sentenciada por el Nobel. Después sonrió tiernamente y con improvisadas mayúsculas se atrevió a corregir al sabio escribiendo la frase que, irremediablemente, gobernaba su vida.

Tú eres mi universo.

20 mayo 2007

El hombre de las flores

Desde el jardín de al lado le llegó el dulce canturreo de todas las mañanas. Debía tener unos sesenta años muy bien llevados. Era corpulento, fuerte y su pelo canoso y ligeramente largo le conferían un aspecto de galán atractivo y misteriosamente distante. Vivía solo, o al menos eso creía ella, pues desde su ventana nunca le había visto acompañado de ninguna mujer, salvo eso sí, las ociosas vecinas que a menudo lo visitaban para admirar las rosas del jardín en el que éste pasaba horas. Ella, sin embargo, no se atrevía a hablarle. Se limitaba a observarle clandestinamente, durante eternidades, protegida tras la cortina de su ventana. Reía tímidamente sus torpezas, adoraba sus gestos y a veces le susurraba en voz baja, con los ojos llenos de lágrimas, poemas escritos de cuando todavía era una adolescente.
Le encantaba verle hablar con las flores que cultivaba, observar su cuidado exquisito al polinizar las rosas, escribir anotaciones meticulosas en un cuaderno y fabricar los pequeños cartelitos que colocaba sobre los semilleros y donde dejaba constancia de la nueva especie a la que estaba dando la vida.
Con el tiempo ella empezó a amar a sus flores pues las consideraba parte de él. Adoraba la amarilis, pues simbolizaba su belleza, las dalias, que hablaban de su delicadeza, y cómo no, las rosas rojas, la flor que encierra la pasión como ninguna otra.
A veces había coincidido con él en la calle, nada extraño entre vecinos cuyas casas son adyacentes. Cuando eso ocurría su corazón le daba un vuelco, su cuerpo se removía por dentro, bajaba humildemente la cabeza y apenas podía titubear un simple Buenos días, dulcificado por un rubor más que manifiesto en sus blancas mejillas. El, sin embargo, la saludaba amablemente con una espléndida sonrisa que la hacía sentir todavía más insignificante. Entonces ella entraba en su casa, cerraba la puerta a toda prisa apoyando su espalda en ella, y cerrando los ojos intentaba retener y revivir de nuevo cada uno de esos efímeros instantes mágicos, cada uno de los tonos de su voz masculina, el ligero aroma de su piel, indiferente al temblor de sus piernas y al intenso revoloteo de su estómago. Después se torturaba recriminándose su timidez, el no haberle gritado que le soñaba, que deseaba despertar en él, crecer en él, que adoraba sus manos, sus ojos, que lo daría todo por una sola de sus miradas, que era su luz, que era su verdad.
S
u prolongada ausencia fue un infierno. Día tras día, escondida tras su cortina, desesperaba mirando aquel jardín, ahora solitario. Perdió el hambre, perdió la sed, perdió el sueño, perdió el habla. Muerta de miedo, se repetía una y otra vez las mismas preguntas y a cambio recibía una y otra vez los mismos silencios. ¿Dónde estaba? ¿Qué iba a ser de sus flores? ¿Qué iba a ser de ella?
Tras largos días de tinieblas, un ruido la despertó. Rauda, se puso en pie y se colocó al lado de su ventana, tras la misma cortina que durante días había protegido su secreto. Allí la vio. Blanca, hermosa, llena de vida. Una camelia, la flor de la belleza más pura, adornaba con humildad majestuosa el alféizar de su ventana y a su lado una nota, escrita con cuidada caligrafía, que rezaba “Tu sola mirada les dio la vida. Dámela a mí también”. Miró al jardín y allí estaba él. Firme, con su sonrisa tierna, observándola fijamente con ojos emocionados y sosteniendo en su mano una rosa roja a la que besó.

¿Que cómo se llamaban? Preguntádselo a las flores pero me temo que ellas guardarán el secreto, aunque dicen que en los días de Mayo, cuando el manto del anochecer asegura su misterio, en aquel jardín nacen camelias blancas con sus nombres escondidos entre los pétalos.

15 abril 2007

El día que llegó él

Era Domingo. A pesar del sofocante calor que asfixiaba aquel pequeño pueblo de casas blancas, tejas anaranjadas y gentes sencillas, las calles estaban llenas de risas, de saludos cordiales, de trajes de naftalina, de parasoles ribeteados y de juegos infantiles. Por doquier se percibían charlas y bromas, sonrisas cómplices entre amores secretos y por qué no, algunas miradas recelosas que delataban rencillas aun sin solventar. Se respiraba la alegría aparente de un pueblo vestido de fiesta, pero si algún forastero inexistente hubiese visitado el lugar, percibiría el pesado lastre particular que cada lugareño cargaba silenciosamente en su vida. Alguna mala historia, algún desengaño, alguna mentira. Demasiados desencantos.

Aquel día llegó él.


Se instaló a la entrada del pueblo como queriendo pasar desapercibido, en el lugar más adecuado para hacer ausente su presencia. Sonreía tímidamente a los chiquillos curiosos que se acercaban a ver quién era aquel extraño personaje, con traje blanco y elegante sombrero de paja que montado en una tartana, tirada por un viejo percherón y rompiendo el polvo del camino, había escogido aquel pueblo olvidado del mundo y castigado con tiranía por el sofocante calor y la luz cegadora del sol.

Bajo una lona de rayas dispuso de forma armoniosa una tabla, que hacía las veces de mostrador, camuflada por telas primorosamente bordadas con manos laboriosas y tras ella varias estanterías de madera cuyos anaqueles desconchados desvelaban su ya larga memoria de tiempos pasados.
Cuando acabó, extrajo de su carro un letrero decorado con pinturas gastadas en azul y colorado en el que, con la caligrafía de los titiriteros, aquel que quisiera podía leer "Remedios para el alma". Lo colgó con mucho cuidado. Después, parsimoniosamente, fue colocando uno a uno frascos de cerámica blanca y azul, botellas de colores con formas inauditas y cajas de distintos tamaños, forradas de terciopelo. Todos ellos con sus correspondientes etiquetas, la mayoría manchadas y roídas por el paso del tiempo, que anunciaban, con nombres dulces, el contenido de cada recipiente.

A los pocos días casi todas las gentes del pueblo le habrán pedido algún remedio para esas heridas que no se ven pero que sangran desalientos, heridas que no matan pero que quitan la vida o al menos, la ilusión de vivirla. Unos habrán usado el jarabe contra el desconsuelo, que él verterá en pequeños frascos de cuello estrecho y tapón de cristal pues, según dirá, no hay nada más frágil que el llanto de los hombres. Otros habrán comprado grageas para la desilusión, todas ellas de colores y con formas redondeadas, que deberán paladear durante días, porque la ilusión, para que lo sea, debe saborearse siempre. Y otros, la mayoría mujeres buenas, la infusión para curar el desengaño. Esas tisanas que ayudarán a cicatrizar la herida de la más vieja de las traiciones, aquella que provocarán palabras de miel pronunciadas por lenguas mentirosas.

Aquella joven de cabellos dorados y vestido blanco acudirá sola al caer un atardecer. Arrastrando los pasos llegará y pedirá un remedio que sane su mal, que mate su desesperanza. Lo hará con la mirada pétrea en la que se podrá adivinar la tortura de su alma y la razón de su pesar. Él sentirá cómo se erizará su piel, posará sus pupilas sobre el horizonte seco y recordará el día en que un ser hermoso se marchó y se llevó con él, para siempre, el único remedio que desde entonces le falta, el secreto de la esperanza.
Y al día siguiente, en aquel pueblo, ya no hará calor y en el lugar de las presencias ausentes ya no estará él, ni sus frascos, ni sus remedios, ni su sombrero de paja. Y al día siguiente, en aquel pueblo, ya no será fiesta y la joven de cabellos dorados y vestido blanco, llevando las riendas de un percherón, sonreirá con dulzura a los ojos que curaron su mal.

05 abril 2007

Tu brújula

Regálame esa brújula. La que no tiene Norte ni Sur, la que no dispone de marcas, la que desafía a los polos, la que no muestra vientos, la que ignora por donde sale el sol, la que tienes tú. Regálamela.
Dámela y con ella, déjame llegar a tus anhelos y a tus palabras, a tu humildad y a tu verdad, a tu ser y a tu esperar.
Quiero que me guíe entre tus sueños, tus temores y tus recuerdos. Que me indique el camino de tus ojos, que me diga cómo secar tus lágrimas, que me enseñe a escuchar tu sonrisa, a entender tu voz. Regálamela.
Y cuando lo hagas y cuando te encuentre, déjame que la pierda y que así me pierda yo también en tu soledad, para que escuchemos juntos el canto del tiempo y que de este modo, siempre, el futuro sea pasado y el mañana sólo sea el después. Regálamela.

27 marzo 2007

Lágrimas de papel

El bibliotecario abrió la caja esbozando un fastidio pues ya empezaba a ser tarde y quería irse pronto a casa para cenar. No le gustaba la política del director que le obligaba a archivar y comprobar todas las donaciones que recibían. Es cierto que en ocasiones llegaban auténticos tesoros escondidos en la colección personal de algún erudito, que al morir, legaba sus libros a la Biblioteca para que sus herederos no hiciesen un mal uso de ellos. No obstante, lo normal era recibir colecciones, sin valor alguno, de novelas que ya estaban catalogadas en su centro y que le obligarían a listar para probar fortuna en el intercambio con otras bibliotecas con las que mantenían contactos mensuales. Si algo le fastidiaba era cambiar libros a peso, tal y como hacían en muchas ocasiones, pues lo habitual era que el contenido de estos trueques fuesen obras ya repetidas y que nuevamente deberían incorporarse al eterno proceso de volverlas a cambiar.
El fardo que había recibido era bastante grande y pesaba mucho. Dos hombres, con mucho esfuerzo, lo habían dejado en el sombrío cuarto donde trabajaba. Un lugar demasiado oscuro para la tarea que allí se realizaba, desordenado al extremo y alumbrado por una lámpara colgante que proyectaba su luz justo sobre la mesa donde gravitaba la donación del día.
Al abrir la caja, empezó a sacar los primeros volúmenes. Aparecieron algunas novelas repetidas hasta la saciedad en las estanterías del cuarto. Por un lado se alegró, pues eso le evitaría bastante trabajo al día siguiente, pero por otro sintió una rabia enorme por verse obligado a perder el tiempo por hacer algo que se le antojaba inútil. Poco después aparecieron libros que parecían más antiguos e interesantes. Una tabla de logaritmos de un tal F. Callet, sin duda, adquirida en algún anticuario y que habría pertenecido a algún marino, un Tratado de Física datado en 1856 y escrito por un tal A. Ganot, un atlas de Zoología en tres volúmenes enormes con láminas de papel de seda e ilustraciones maravillosas y una edición preciosa del “Principia Mathematicae Philosophiae Naturalis” de Newton con fecha del siglo XIX. Vaya, pensó, un amante de las Ciencias. No era habitual recibir este tipo de libros en una biblioteca de tendencia religiosa pues los donantes de estas obras solían escoger academias o universidades.
Estornudó varias veces a causa del polvo que albergaban los diferentes tomos que iba extrayendo y se sonó con el polvoriento pañuelo que guardaba en su sucia bata azul. Cuando terminó cogió la caja de cartón para llevarla a la basura pero observó que el peso de ésta era mayor que el esperado. Volvió a mirar en su interior y se percató que todavía quedaba un libro. Al cogerlo se dio cuenta que de hecho era una libreta encuadernada con una espiral metálica negra, cuya portada era un cuadro que había visto en alguno de los libros de arte que había catalogado alguna vez y que representaba la mirada serena de una mujer de pelo negro y vestido blanco tocado con un chal rojizo.
Retiró la goma que evitaba que se abriesen las páginas, como tratando de que no se vertiese el contenido que albergaban y empezó a ojearlo. Leyó alguna de las frases que el autor había escrito con letra clara y tinta azul. En primera persona le hablaba a una mujer de gaviotas, de vientos de mar, de momentos robados a lo eterno, de miradas, de suspiros, de noches en vela, de frases secretas, de cartas de amor… Se enfrascó en la lectura y al hacerlo notaba cómo aquellas ordenadas letras cobraban vida, se movían y se introducían en su alma haciéndole sentir una mezcla de dicha y de dolor.
Pasaron dos horas hasta que al fin llegó a la última página. Sólo contenía una frase y una pequeña mancha en medio, como si hubiese caído una gota de rocío que luego se hubiese secado. “Te amo tanto, mi luz, que me duele hasta el alma”.
El bibliotecario suspiró, cerró los ojos mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla y caía para acompañar a la que años atrás se había vertido en aquella página para acabar convirtiéndose en testigo perenne de aquella historia perfecta, para terminar siendo el testimonio de aquella eterna historia de amor.

12 marzo 2007

La calle

“Se piensa” rezaba el letrero situado encima de aquella tienda singular.
La calle de los tenderos silenciosos era un regalo para el visitante. Toda blanca, con balcones de flores y grandes ventanales de colores por donde el sol de la fresca y radiante mañana acallaba el silencio de la noche.
No salía en los mapas, ni en las guías. La calle estaba allí para aquel que supiera encontrarla y se encondía del bullicio, del ruido y de la ostentación.

Se cosen botones, Se vende vino para charlar, Se escriben poemas, Se cambian palabras. Cada tienda con su pequeño cartel de letras primorosamente trabajadas anunciaba su actividad e invitaba al transeúnte a entrar, a husmear, a degustar, a escuchar la nada de aquella calle maravillosa.
Pero el visitante sentiría curiosidad por la primera, por la más espléndida, la más escondida, la más misteriosa. Movería el pomo de aquella puerta blanca, atravesaría las cortinas de cuentas de cristal y con parsimoniosa cautela pasaría bajo el letrero del “Se piensa” para saber el tipo de mercancía que allí se ofrecía al comprador. ¿Acaso ideas? ¿acaso recuerdos? ¿acaso anhelos?.

Y después unos ojos bellos y una sonrisa blanca le dirían ¿dormías?. Quizá soñabas. Y él contestaría. “No. Pensaba. Te pensaba”.

04 marzo 2007

La fórmula de Dios

Su vida entera había sido un constante ejercicio de superación, una carrera sin tregua contra él mismo sin reparar nunca en esos momentos de pausa que permiten contemplar el camino recorrido.
Sentado en aquella cervecería degustaba una caña bien tirada mientras observaba con curiosidad los gestos de una pareja de jóvenes que estaban sentados frente a él. Ella jugueteaba distraídamente con su teléfono móvil, indiferente a lo que su acompañante le decía. En la mesa de al lado, un hombre de aspecto agradable garabateaba figuras y símbolos en unas finas servilletas de papel con un bolígrafo transparente. De reojo, con cierta curiosidad, intentó saber lo que escribía aprovechando el ensimismamiento de éste. 
Le pareció adivinar alguna frase, algún diagrama pero le llamó la atención lo que le pareció una sencilla fórmula, una ecuación o algo así, escrita en color negro bajo la cual, con letras mayúsculas, se leía claramente “Fórmula de Dios”. En ella, aparecían cuatro números, de hecho, tres letras, cuyo significado recordaba vagamente de su época de estudiante,dos signos y el número uno.
El hombre paró de escribir, le miró esbozando una sonrisa mientras se ajustaba las gafas y con voz suave le dijo, es bella, ¿verdad?. Ligeramente ruborizado al verse sorprendido en su fugaz intromisión contestó más por cortesía que interés, ¿qué significa?. El hombre sonrió de nuevo, dio la última calada a su cigarrillo y retorciéndolo en el cenicero lo apagó liberando en el ambiente un agradable olor a tabaco indio. Giró su cabeza y con voz parsimoniosa y la mirada ligeramente vidriosa inició su relato. 
Esta se conoce como la fórmula de Euler. En ella aparecen los números más importantes de las cuatro áreas principales de las Matemáticas, de la que dicen que es la reina de las Ciencias y del Saber. El número e por el Análisis, el número pi, por la Geometría, el número i (la unidad imaginaria) por el Álgebra y el número -1 por la Aritmética. Cada uno de ellos, por separado, desempeña su papel en el universo y en el porqué de las cosas, pero saben que están relacionados de esta forma tan simple y tan bella. 
Cuenta la leyenda que Dios quedó fascinado ante el descubrimiento de esa identidad, que entendió que la perfección de su obra se había visto superada por la sencillez con que esas constantes tan singulares se habían relacionado entre sí. Por ello creyó que debía hacer partícipes a los hombres de esta verdad para hacerlos mejores y más sabios. Buscó entre los mejores cerebros de la Tierra y decidió finalmente inspirar al gran Euler en sus sueños para que fuese él quien la redescubriera. 
¿Sabe? Para muchos esta fórmula no es más que algo útil para hacer Ciencia, para desarrollar tecnología, para facilitar las telecomunicaciones,... Para mí es algo más. Para mí representa la esencia de la perfección. Quien la ha visto una vez, ya no puede olvidarla.
Él escuchó atónito esas palabras y se preguntó cómo era posible que alguien viese algo hermoso en una simple relación entre números. Bohemio loco, pensó. 
El hombre buscó unas monedas en su bolsillo que depositó una a una sobre la mesa, recogió sus papeles salvo aquel donde había escrito esa fórmula, se puso su chaqueta y le dijo, “debo irme”. Se puso de pie y al poco cuando apenas había recorrido dos metros se dio la vuelta y le dijo “Créame amigo, la perfección existe, lo difícil es darse cuenta de ello”. 
Él observó su salida, dirigió su mirada hacia aquel trozo de papel y tras pensarlo unos segundos, tras darse cuenta de lo que aquello podía significar, apuró su cerveza, cogió su teléfono móvil... y la llamó.

25 enero 2007

La zanja


Llegaron los últimos. El coche de su hijo Paco no daba para más y los caminos que debían conducirlos a su destino estaban demasiado dañados por el paso diario de los tractores que cada mañana acudían a los campos.
Cuando Diego descendió del automóvil, varias miradas escudriñaron su torpe caminar ignorando quizá, que setenta y ocho años es tiempo suficiente para agotar el cuerpo de un hombre al que le faltaron muchas cosas y al que le habían sobrado demasiadas penas. Saludó con el mismo aire huraño y desconfiado que le había acompañado toda su vida y estrechó la mano de cuantos se le fueron presentados, el juez, el secretario, el alcalde, algún periodista y miembros de algunas plataformas relacionadas con partidos de izquierdas. También, cómo no, esperaban las mismas personas que participaban en aquella macabra lotería que se celebraba de vez en cuando. Todos con una flor y con la esperanza de encontrar al fin la respuesta a la pregunta que les había atormentado durante todas sus vidas. El mismo circo de siempre, pensó.
El secretario del juez procedió a leer en voz alta varios documentos. No era la primera vez que acudía a un acto como ése y a pesar de ello el lenguaje técnico judicial se le seguía antojando demasiado absurdo y vacío de contenido. No le prestó la más mínima atención y por los semblantes que mostraban los otros concurrentes, nadie lo hizo. Miró la llanura que se extendía a su alrededor y respiró profundamente el aire húmedo de aquel día nublado y triste.
Ya habían pasado casi setenta años. Toda una vida. A pesar de todo se acordaba tanto él. Todo niño tiene derecho a dejar de serlo junto a su padre, había sostenido siempre. Es extraño cómo funcionan los sentidos de las personas, pensó. A veces no conseguía recordar un olor o una palabra reciente. Sin embargo, cada vez que olía a cáñamo, casi podía ver a su padre en su pequeño taller rodeado de cestas para las uvas, de sogas, de sillas, recibiéndolo con una sonrisa tierna y cómplice a la vez. Los pocos recuerdos que conservaba de él se habían ido dulcificando con el tiempo y se habían adaptado a las pequeñas anécdotas que su madre le había ido contando de vez en cuando. Sólo un hombre como él pudo conquistar a la que sería su mujer construyendo con mimbre, cuerdas y flores un arco que puso en el camino para que ella pasase por debajo.
El padre de Diego siempre procuró que hubiese alegría en la casa. Diego y sus hermanos, ya muertos todos ellos, vivieron bien a pesar de las carencias que pesaban en aquella casa. Su padre se había encargado de inculcarles el respeto a los demás y el amor por la cultura. Cada noche, tragándose el cansancio de catorce horas de trabajo sin descanso, leía algo para ellos. De entre todos los relatos, poemas e historias recordaba una frase que Diego, a pesar de ser ya un anciano, había llevado consigo todos los días de su vida y que, de hecho era uno de los motivos por los que se encontraba allí. Decía algo así como “Siempre has dicho que tenías un padre, que tu hijo pueda decir lo mismo de ti”.
Pero la guerra, la maldita guerra, lo corrompió todo. Su padre no fue al frente pues padecía una dolencia en la pierna derecha que no le permitía caminar sin cojear. A pesar de todo se puso del lado de los que perdieron, aunque eso, en las guerras, no significa nada pues siempre pierden los mismos, da igual el color de la bandera detrás de la cual se alineen. Una noche vinieron a buscarlo. Todavía recordaba el ruido de las botas al pisar el suelo de pizarra de su casa, el abrir y cerrar de puertas. Vio a su padre sujetado, codo con codo con dos falangistas y vio la amargura de su mirada. El terror de verse así delante de su hijo. Le ordenó que no mirara pero cómo obedecer una orden como esa cuando tu madre se arrastraba suplicando que lo dejaran en paz, que no había hecho nada. De aquel momento, Diego conservaba intactas su rabia y la cadena que le arrancó a su padre del crucifijo que éste llevaba en la mano cuando fue empujado al exterior de la casa. Desapareció para siempre. Desaparecieron él y siete hombres más cuyos nombres habrían sido escritos en alguna macabra lista por algun vecino cobarde que los habría delatado para saciar la eterna sed de sangre de los vencedores.
El juez ordenó que se empezase a cavar. La tierra estaba dura por lo que los picos tuvieron que emplearse a fondo. Tras dos horas de esfuerzo apareció lo que años atrás había sido una pala. La pala que algún desgraciado habría tenido que usar para cavar su tumba. Empezó a llover levemente. En el semblante de los funcionarios, una mueca delataba una cierta desidia aumentada por la inclemencia del tiempo.
Ya era mediodía cuando aparecieron los primeros huesos y los primeros cráneos. Todos sucios, con su sonrisa macabra y con un agujero en el occipital. Quién fue el sádico que a esa barbaridad le llamó tiro de gracia.
Lentamente, con mucho cuidado y entorpecidos por la leve lluvia fueron apareciendo los esqueletos. Algunos con restos de algún objeto o de la ropa que vestían el último día que vivieron y otros sin más abrigo que la tierra que los había escondido durante décadas. El corazón de los que miraban se aceleró por momentos y afloraron otra vez las mismas lágrimas derramadas durante años. El silencio sólo se veía roto por el chispeo constante de la escasa lluvia sobre el paraguas que un funcionario le aguantaba al juez y por el sollozo contenido de una mujer enjuta. 
Todos miraban en silencio la escena. Con los dientes apretados y los ojos humedecidos por las lágrimas que delatan la rebeldía contra la injusticia, muchos imaginaron cómo pudo ser el último suspiro de aquellos pobres campesinos, de aquellos pobres artesanos, de aquella buena gente que lo único que quiso fue vivir en libertad, de aquellos héroes que no aceptaron arrodillarse ante los traidores ni ante los fascistas. 
Con pinceles, los técnicos retiraban pacientemente la tierra pegada a los huesos y colocaban pequeños carteles numerados sobre los cráneos mientras hacían fotografías y tomaban notas en sus cuadernos. 
¿Qué es esto?, dijo uno de ellos mientras se concentraba en un objeto encerrado en los huesos de lo que antes había sido una mano. Se afanaron en descubrirlo y apartar la arcilla que lo ocultaba parcialmente. Y entonces todos pudieron ver un pequeño crucifijo sin cadena cubierto de barro. Al verlo, el cansado corazón de Diego dio un vuelco. Cayó de rodillas, llorando amargamente como el niño que le obligaron a dejar de ser aquella fatídica noche. Extendió sus brazos y gritó ¡padre, por qué te hicieron esto! Se abalanzó sobre la zanja, se arrodilló ante del cadáver de su padre y tiernamente acarició los restos de la frente del esqueleto de aquel buen hombre que un día murió por nada y dio la vida por todos. Paco se situó junto al anciano, sin tocarlo, agachado. Le dejó que recuperase durante esos segundos todos los años que le habían robado, se santiguó y murmuró “que Dios le haya acogido en su gloria”.

09 enero 2007

El ilegal

Sentado al lado de la puerta de su casa, el abuelo encendió el pitillo que se fumaba cada mañana aprovechando que Paula, su mujer, había ido a hacer la compra a una de las escasas tiendas de aquel tranquilo pueblecito del valle. Fumando sin prisa dejaba que la brisa de la mañana de invierno acariciase su arrugado rostro, mientras contemplaba los destellos intensos de la luz del sol sobre las copas de los árboles.

Le gustaba mirar los bosques de encinas que salpicaban de colores grisáceos el reseco vientre de la sierra, coronada caprichosamente por nubes orondas y brillantes. A pesar de su edad, podía divisar con claridad los buitres madrugadores, que iniciaban el macabro ritual de limpiar el campo de los despojos desechados de los festines que algunos animales se habían cobrado a costa de otros menos afortunados. Mirando su sierra no podía evitar recordar, con cierta nostalgia, las miles de veces que se había dejado perder entre peñascos y retamas acompañado de su perro, saltando entre arroyos y divisando la llanura que ahora habían convertido en inmensos campos de árboles frutales.

Aquel día Omar, su insólito nuevo amigo, no le acompañaba. Era consciente que cuando eso sucedía era señal que aquella madrugada habría conseguido subir en alguna de las furgonetas que, clandestinamente y cuando el alba ni siquiera se dejaba intuir, se acercaban a la plaza del pueblo a cargar su mercancía humana, para que los afortunados que fuesen elegidos, comiesen ese día a cambio de una jornada de trabajo de sol a sol.

Despertaba cierto recelo entre los lugareños la amistad tan curiosa que había nacido entre el abuelo y el “jodido moro”, como cariñosamente le llamaba. Resultaba cómico y a la vez enternecedor verlos juntos, sentados donde ahora fumaba el abuelo, con la mirada perdida en la sierra, sin hablar demasiado pero diciéndose tantas cosas y entendiéndose tantas otras. El abuelo había descubierto en aquel hombre venido del sur a alguien diferente, a alguien valiente, al rebelde que otro tiempo fue él mismo.

Un día, después de haber recogido cientos de kilos de fruta y cobrándose el merecido descanso que se ganan los que son explotados día a día, Omar le contó cómo llegó a España. Con mirada fría, gestos cansados y el dulce acento siseante con que los árabes adornan al castellano, le habló de su largo viaje desde la aldea donde vivía, lugar de nombre impronunciable, hasta la orilla del océano, frontera infranqueable que separaba la miseria de su mundo de la opulencia insultante de la vieja Europa. Le detalló los abusos de las mafias que traficaban con la desesperación de los que escapan del hambre y de la guerra, de la cantidad de dignidad que se dejó en hurtos y en sobornos a policías corruptos e insensibles. Todo ello para, al fin, una noche, embarcarse en una barcaza junto con decenas de desheredados como él. Le relató cómo fueron esos eternos doce días de travesía a la deriva, sin apenas agua, sin apenas comida, con frío, con miedo a naufragar y lo peor, con miedo a ser descubiertos por alguna patrullera que pusiese fin a su viaje, a su sueño. Se estremecía todavía al pensar lo sofocante que llegaba a ser el día en medio de la nada del océano y lo gélida y húmeda que resultaba la eterna noche. Cómo, en medio de una oscuridad aterradora, tan sólo se percibían los lamentos causados por los mareos, el olor a vómitos y a excrementos y el castañeo incesante de los dientes de aquellos pobres desgraciados, de aquellos fugitivos de la injusticia, de aquellos rebeldes contra el destino. Sentía cierta pesadumbre al pensar en los que murieron en la embarcación y sirvieron de alimento a los peces, cómo cada muerte suponía un poco más de espacio, un poco de alivio, para los demás. Especialmente recordaba a un pequeño niño sudanés que murió de fiebre y de frío en los brazos de su madre, mientras se aferraba con delirio a una foto arrugada de un futbolista español.

La llegada a la costa no fue mejor. Absolutamente exhaustos, con los músculos entumecidos por no moverlos, por no nutrirlos, se separaron los unos de los otros sin saber dónde estaban y sin saber dónde dirigirse. Algunos decían que iban a Barcelona, otros que a Huelva, qué mas da. Si no sabes dónde está el lugar donde estás, si no sabes dónde está el lugar donde debes llegar, no importa qué nombre tenga. Ignoraban todo de aquel sitio que no se les antojaba especialmente diferente del mundo que habían abandonado salvo cuando se topaban con una carretera. Qué negro y qué uniforme era el asfalto en Europa. Qué blancas las líneas dibujadas en él.

Tiempo atrás, el abuelo había recibido con desconfianza la cantidad de marroquíes, polacos, rumanos y gentes venidas de países de los que ni tan solo había oído hablar. Hombres y mujeres cargados de miseria, de desesperación, gentes con decenas de bocas que alimentar en la tierra que tuvieron que abandonar y que llegaron al pueblo a ganarse el futuro y a hacer el trabajo que, desmemoriado país, no querían hacer los españoles.

Su padre fue uno de los primeros que en el pasado se deslomaron en Alemania o en Suiza para huir de la falta de futuro en una tierra destrozada por la guerra, el odio y la falta de esperanza. Recordaba como si fuera ayer mismo la figura de su padre a punto de subir al autobús destartalado, con una caja atada con cuerdas que hacía las veces de maleta, en la que no había más que una muda, un daguerrotipo y una estampa de la Virgen. Ligero equipaje si no fuera por el peso tan enorme que añadían el miedo a la incertidumbre y el dolor de dejar atrás a los suyos y a la tierra de la que jamás había salido. Ahora eres el hombre de la casa, le dijo, cuídalos y cuídate, tienes que ser fuerte, hijo. Qué bien suena la palabra “hijo” en la boca de tu padre y cuánto duele si la acompaña de sus lágrimas.

El sol ya apuntaba alto cuando se le acercó un hombre negro. Me pidió que viniera, le dijo con rostro apesadumbrado. No hacían falta más palabras. Lanzó un improperio impotente, se avergonzó y supo que Omar jamás lo volvería a acompañar en su pequeño banco de piedra. Yo soy ilegal, le había dicho muchas veces, un día me detendrán y me deportarán. ¿Cómo puede ser ilegal un hombre? ¿Cómo puede ser ilegal un sueño?

23 diciembre 2006

Inocencia perdida


Por fin se han quedado dormidas.
Llevamos ya cinco horas de viaje, a salvo en este avión que nos aleja del infierno que hemos vivido estos días. Quién me iba a decir a mí, que detesto la Navidad, que este año estaría de vuelta en casa, en París, junto a los míos. Realmente lo hemos pasado mal y confieso que llegué a pensar que no podríamos escapar, que en algún momento nos detendrían, que Alima sería condenada y que a mí tampoco me salvarían ni mi pasaporte de ciudadana francesa ni mi condición de cooperante internacional.
Ahora que la miro me doy cuenta que siento por esta mujer lo que no he sentido jamás por nadie. Se ha creado entre nosotras un lazo indestructible. Debo protegerlas a ella y a su hija Mdaka. Al fin y al cabo esto es lo que vine a hacer a esta tierra maravillosa, llena de misterios y de miseria, cuando abandoné mi cómodo trabajo en el Hospital de Orsay.
En estos días tan intensos me he dado cuenta de la clase de mujer que es y de cuánto he aprendido de ella. Me conmueven su extraordiario valor, su fortaleza, el tierno amor por su hija y su espíritu rebelde. Sólo mujeres como ella pueden hacer del nuestro un mundo mejor.
Al verse a salvo, Alima me ha abierto su alma. Con su mal francés, entre sollozos, pero con la mirada firme me ha estremecido con el relato de su vida. Después de habernos fundido en un abrazo, de habernos secado mutuamente las lágrimas y con la convicción más absoluta de que hacemos el bien, aprovecho su descanso para, en las dos horas de viaje que todavía restan, resumir su historia, la historia de una mujer que por una vez supo decir no. La historia de una madre que no quiso para su hija lo que en otro tiempo quisieron para ella.
Debe tener poco más de veinte años. Todavía es bella aunque su piel oscura, reseca por el sol y el polvo que asfixia su aldea, está salpicada de pequeños hoyuelos, testimonios perennes de alguna enfermedad pasada. Su lucha diaria por la vida ha sido muy dura, como lo es la de la inmensa mayoría de las africanas. Noto que le apena dejar atrás a su marido. No le ama, pero le respeta. La ha tratado bien durante el tiempo que ha estado junto a él, pero cómo amar a un hombre mucho mayor con el que la casaron a los trece años a cambio de una vaca, tres cántaros y unas cuantas pieles.
Él es un buen hombre temeroso de Dios. Nunca ha faltado comida en casa ni leña para el fuego. A veces le traía regalos de los que conserva un pequeño espejo con marco de nácar que ella usaba para jugar con los rayos del sol. Pero cuando la luz del día se iba, sabía que se iba a repetir otra vez su particular infierno. Cómo amar a un hombre que por las noches vertía su lujuria sobre ella aun a sabiendas del dolor tan intenso que le provocaba, golpeando insistentemente con sus jadeantes embestidas aquellas cicatrices, vestigio cruel de lo que le hicieron cuando era niña.
Todavía permanece intacto el rencor por aquellas mujeres que años atrás la engañaron. Aquellas que le prometieron que tras una colina había un cabritillo para ella. Las mismas que allí la agarraron, la tumbaron en el suelo, la sujetaron, le separaron sus pequeñas piernas y le arrancaron con saña su feminidad. Las mismas que aquel día le hicieron sentir que nacer mujer era sinónimo de nacer maldita. No olvida el calor ni el asco que sintió al notar el paño sucio sobre su boca que acalló sus gritos, ni los ojos de la vieja curandera cuando empuñó un cuchillo y lo dirigió hacia su vagina para robarle una parte de ella misma. No recuerda nada más de aquel momento atroz. Sólo sabe que tras el dolor del primer corte quedó sumida en un profundo sueño y que tuvo mucha fiebre los días siguientes. Recuerda que tumbada en su jergón, entre delirio y delirio, veía el rostro de su hermana pequeña, que no se separaba de ella. Aquella niña que se encargó de apartar de su vista las ropas manchadas de sangre. Aquella niña que el año siguiente murió tras sufrir el mismo ritual. Después, el escozor insoportable que le quemaba cuando orinaba, la sangre que en ocasiones delataba la carnicería que había destruido su infancia y la vergüenza que sintió ante la sonrisa maliciosa que se escabullía entre los murmullos de los hombres mayores.
Durante años, había apartado de su mente aquel horror. Le decían que era la tradición, que era mandato divino, aunque ella se preguntaba qué clase de Dios puede permitir o ordenar que se castigue con semejante barbaridad a una niña. Por eso cuando aquella vez, cumpliendo con su deber diario de ir a buscar agua, una anciana le preguntó por la edad de su hija, entendió demasiadas cosas. De nada le sirvieron las súplicas a su marido o los consejos que mis compañeras se apresuraron a dar. Fue tachada de pecadora al gritar, con el Libro Sagrado en las manos, que se le dijera en qué lugar estaba escrito lo que, pasada una semana, estaba designado para su Mdaka. Durante tres noches no pudo dormir. Le aterraba pensar que clandestinamente, amparándose en la oscuridad de la noche y en la complicidad de su marido, se llevaran a su hija para hacerle lo mismo que le hicieron a ella. Sintió pavor ante la inminente tortura que se cernía sobre su pequeña, aquel ser que la había devuelto a su niñez, aquella sonrisa que corría junto a ella al lado del río cuando nadie las veía. No, se dijo. A ella no. 
Hace dos días, también aprovechando la oscuridad de la noche, se presentó furtivamente en mi pequeño hospital. Tras el sobresalto, las vi frente a mi cama en silencio, envueltas en un manto y con un pequeño hatillo con lo poco que cogió de sus ropas. Solamente me dijo “Elle ne veut pas”. A partir de ese momento, todo fue muy rápido. Urdimos con urgencia nuestro plan para sacarlas de allí, para permitir que por una vez, una "Mdaka" construyera su vida sin que nadie se creyera con derecho a amputarle ningún trozo de su cuerpo. 

Ahora, al fin, ya puede dormir.

Según los informes de UNICEF, cada año se practica la ablación genital a tres millones de niñas. Estas prácticas, además de ser una violación de sus derechos fundamentales, les causan daños irreparables e incluso les pueden causar la muerte.

18 diciembre 2006

Me hiciste cómplice.

José María.
Hoy he vuelto a pensar en él, en su soledad, en su sufrimiento, en su ¿por qué?. He vuelto a preguntarme, como tantas otras veces, cómo será su vida, qué futuro le espera, ¿se acordará de lo que era sonreír? He vuelto a recordar aquellos días tan intensos que precedieron a la barbarie que toleraste en contra de nuestras súplicas. He vuelto a hermanarme con las millones de almas que salimos a la calle a decirte que NO, que aquella guerra no era nuestra, que no era de nadie, que era injusta, que era cruel. He recordado cuánto nos mentiste, cuánto nos insultaste, pero sobre todo, como tantas otras veces, le he recordado a él. Por tu culpa, por nuestra culpa, un niño, una vida, una ilusión quedaron truncados para siempre.
Me imagino una casa en una ciudad en guerra. Una sirena anuncia que los bombarderos del "Eje del bien", en nombre de no sé qué libertad, se aproximan para derramar la sangre de los que siempre pierden las guerras. En ella, ese día, una familia aterrorizada no ha dispuesto del tiempo necesario para acudir al refugio. El padre, el esposo, piensa, ¡que Dios nos proteja! Tiene mucho miedo pero intenta serenar a los suyos dibujando en su rostro una caricatura de sonrisa. No quiere que adivinen en su cara el pavor que paraliza su cuerpo. Les hablará de su Dios, de lo que harán cuando los aviones abandonen su hogar para verter su macabra carga en otro lugar. Su mujer, la madre, acoge entre sus brazos a uno de sus hijos mientras intenta calmar al resto. No puede, pero sabe que tiene que ser fuerte. Se repiten a sí mismos que son pobres pero que confían en el Dios que les ha ayudado tantas veces durante esa maldita guerra. La indecisión les invade. Qué hacer cuando cualquier lugar adonde vayas puede ser el último que pises. Deciden esconderse debajo de una mesa. Agazapados como animales esperan rezando, llorando, suplicando que esos "ángeles de la muerte" cesen su "liberación". Miran hacia arriba temblando de miedo, con los ojos llenos de lágrimas y encharcados en los meados que delatan su pánico. De repente, sin tiempo para preverlo, un estruendo ensordecedor, una polvareda densa, una llamarada infernal y una lluvia infinita de cascotes acalla las súplicas y los rezos. Pasan unos segundos y tan solo se percibe el leve quejido de un niño de doce años. Está aterrorizado y aprisionado entre lo que segundos antes eran los ladrillos de su casa. No nota sus brazos pues uno de ellos ha sido parcialmente amputado y ahora se encuentra esparcido entre las piedras. El otro está aplastado por una viga y se convierte en una gruesa cadena que lo condena a no moverse del infierno en que se encuentra. Siente un pánico atroz. Se sorprende al no notar dolor por la carnicería que adivina sobre su cuerpo pero las quemaduras son demasiado intensas como para poder soportarlas. Apenas puede respirar por lo que con una voz quebrada y suplicante tan solo pronuncia una palabra. Dice “Mamá”. Pero ella no contesta. Opta entonces por llamar a su padre. Sabe que él es fuerte y que podrá sacarlo de allí, que le consolará y que les ayudará a todos, pero por más que grita tan sólo le responde el ruido de las llamas que están acabando con lo poco que queda de los muebles de su casa. Se pregunta qué habrá sido de sus hermanos y entre sollozos, rogando que no haya acontecido lo que se teme, pronuncia lentamente el nombre de cada uno de ellos. Nadie contesta. Están todos muertos.

Recuerda lo que ha sido tu vida desde que tuviste doce años. Imagínatela sin los tuyos, sin tus brazos. Recuerda cuando nació tu hija, con qué orgullo la cogiste, lo dichoso que te sentiste al mostrársela a tu madre. Recuerda las noches en que llegabas tarde a casa y acariciabas el pelo de tu hijo dormido. Recuerda cuando le cogías la mano a Ana en los paseos que dabais al lado del río. Recuérdalo y acepta que has condenado a Alí a que nunca pueda sentir lo mismo porque lo perdió todo en la explosión de aquella bomba cargada de tu soberbia y de tus mentiras. Y ahora dile mirándole a los ojos, al fin y al cabo solamente es un niño (no te hará daño), que desde entonces el mundo es mejor y que su país es más seguro. Atrévete a confesarle que él es tan sólo un daño colateral. No te olvides de recordarle que aquí te anunciamos la muerte de los suyos y de tantos otros pero que no nos quisiste escuchar, que preferiste enemistarnos con el medio mundo que siglos atrás hizo del nuestro el gran país que fue. Después de hacerlo permítele que te escupa a la cara y que en su desprecio veas resumido el nuestro.

Te lo dijimos, te lo pedimos y te lo suplicamos. A cambio insististe en poner en nuestras manos un fusil que nunca quisimos disparar. Por eso, por Alí, para tu vergüenza y para la nuestra déjame que te diga otra vez que eres culpable, José María, culpable de ser soberbio, culpable de ser mentiroso, de ser manipulador, de ser cobarde, culpable de ser cómplice de aquella masacre y lo peor de todo: de habernos hecho cómplices a nosotros.

Por la rabia y el dolor que sentimos, por las lágrimas impotentes que derramamos por él, por los muertos que está causando esa "tu guerra" y por la vergüenza que todavía sentimos escucharás nuestra voz diciéndote lo mismo que te dijimos entonces: déjanos como estábamos, déjanos en paz.

05 diciembre 2006

Justicia

Como cada mañana, Roberta se levantó temprano. Esa noche, los fantasmas del pasado, ya viejos como ella, habían vuelto a interrumpir su sueño.
Arrastrando más que de costumbre la cojera de su pierna derecha fue a la cocina a prepararse la taza de té que debía reconfortarla para afrontar ese nuevo día que amanecía soleado.
Encendió el televisor para ver el noticiero, como ella decía. Se sentó en su destartalado sillón orejero otrora de ante argentino, mientras acogía en su regazo al gato que mataba su insoportable soledad.
Desde hacía días las televisiones insistían en una sola noticia. La salud del general empeora. Miraba con ojos congelados las personas que se agolpaban ante la clínica con pancartas escritas de color rojo sangre profiriendo gritos de ánimo, reivindicando la figura del general y deseando con más rabia que deseo su pronta recuperación.
Una joven mostraba con orgullo una foto antigua del dictador, en la que aparecía con el semblante desafiante y altivo. Había algo en el rostro de ella que le era familiar, ¿alguna conocida, quizá? No, aquella chica era demasiado joven, guapa y rica como para que ella pudiera conocerla.
Se concentró en la foto de la joven, en la misma imagen que años atrás, suspendida en una pared, rompía el ambiente lúgubre de aquella sala oscura y fría donde la torturaron día tras día, donde fue violada, insultada, vejada. Aquel lugar donde maldijo al bebé que llevaba en sus entrañas, por robarle el pretexto para dejarse morir, por obligarla a seguir viviendo por él. Aquel lugar siniestro donde no podía dormir, donde el frío húmedo escudriñaba la médula de los huesos de su cuerpo sucio y desnudo hasta hacer que se asfixiara por el temblar de su pellejo. Recordaba aquel olor nauseabundo a tabaco, orín y moho y sobre todo, recordaba los gritos. Aquellos gritos horribles que salpicaban el aterrador silencio del edificio.
Se levantó y se dispuso a repetir la ceremonia durante tantos años repetida cada 5 de diciembre. Depositó cuidadosamente sobre el tocadiscos un vinilo del Réquiem de Mozart. Nunca había sido demasiado creyente, pero la solemnidad de aquellas primeras notas, le hacían notar la existencia de algo divino superior a nosotros. Desenvolvió la vela que el día anterior había ido a comprar, la encendió al lado del tocadiscos y cogió, intentando disimular el temblor de sus manos, el marco negruzco de la foto en blanco y negro del que fue su amor. Aquel hombre que arrancaron de su lado y del que nunca más supo nada.
Curiosa coincidencia, pensaba, la madrugada de un 5 de diciembre, murió el compositor de la obra que ahora escuchaba y muchos años más tarde, también en la madrugada de un cinco de diciembre unos golpes en la puerta, unos ladridos, un griterío ensordecedor y unas linternas inquietas irrumpieron en su lecho y les separaron para siempre.
Hacía tiempo que no sabía llorar. Durante muchos años albergó la esperanza de saber qué fue de él y qué pasó con el niño que le arrancaron nada más nacer, mientras ella suplicaba horrorizada bañada en su sangre y su sudor que se lo devolvieran, que era suyo, que era de él. Recordó de nuevo su odio y la desesperación de los días que vinieron. Recordó su sentimiento de culpabilidad, el miedo que sintió al pensar, qué le diré cuando salga de aquí, dónde buscaré, a quién preguntaré.
Sonaba el “Lacrimosa” cuando volvió a la realidad. Un nuevo boletín de noticias repetía otra vez las mismas imágenes, comentadas con las mismas palabras. Se sentó abrazando tiernamente la foto, la miró e intentó descubrir en ella algún rasgo nuevo, pero no encontró nada que no hubiese visto antes en los infinitos amaneceres que la habían sorprendido contemplándola. En la televisión los esbirros del dictador gritaban de nuevo, ignorando quizá las miles de vidas rotas por aquel maldito sádico asesino. No te mueras hoy, cabrón, pensó, no manches este día.
Apareció de nuevo en la pantalla la joven. ¿Qué era lo que le llamaba la atención de ella? La miró con curiosidad, de qué me suena, pensaba. Y fue entonces y sólo entonces cuando entendió. Fue entonces cuando sintió un dolor intenso en el estómago, cuando sus ojos se abrieron y su aliento se congeló durante una eternidad. Aquella mirada, aquel gesto, aquella boca. Lo supo todo en ese instante. Tienes el mismo genio que tu padre, murmuró.
Y entonces se levantó, se puso su rebeca, atusó su plateado cabello, empuñó su bastón y se dispuso a salir. Alzó su cabeza lo máximo que le permitieron sus maltrechas vértebras, adoptó la figura de alguien que iba a hacer justicia, de alguien que iba a explicar la verdad. Volvió a mirar la foto de su amado con una mezcla de rabia y ternura y le dijo, hoy te haré inmortal. Abrió la puerta y su gato, que perezosamente despertaba de su letargo, tan sólo pudo escuchar cómo susurraba, te pudrirás en el infierno, maldito hijo de puta.
Y fue entonces y sólo entonces cuando, al fin, recordó lo que era llorar.
 

Sample text

Sample Text

Sample text

 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...