Como cada mañana, Roberta se levantó temprano. Esa noche, los fantasmas del pasado, ya viejos como ella, habían vuelto a interrumpir su sueño.
Arrastrando más que de costumbre la cojera de su pierna derecha fue a la cocina a prepararse la taza de té que debía reconfortarla para afrontar ese nuevo día que amanecía soleado.
Encendió el televisor para ver el noticiero, como ella decía. Se sentó en su destartalado sillón orejero otrora de ante argentino, mientras acogía en su regazo al gato que mataba su insoportable soledad.
Desde hacía días las televisiones insistían en una sola noticia. La salud del general empeora. Miraba con ojos congelados las personas que se agolpaban ante la clínica con pancartas escritas de color rojo sangre profiriendo gritos de ánimo, reivindicando la figura del general y deseando con más rabia que deseo su pronta recuperación.
Una joven mostraba con orgullo una foto antigua del dictador, en la que aparecía con el semblante desafiante y altivo. Había algo en el rostro de ella que le era familiar, ¿alguna conocida, quizá? No, aquella chica era demasiado joven, guapa y rica como para que ella pudiera conocerla.
Se concentró en la foto de la joven, en la misma imagen que años atrás, suspendida en una pared, rompía el ambiente lúgubre de aquella sala oscura y fría donde la torturaron día tras día, donde fue violada, insultada, vejada. Aquel lugar donde maldijo al bebé que llevaba en sus entrañas, por robarle el pretexto para dejarse morir, por obligarla a seguir viviendo por él. Aquel lugar siniestro donde no podía dormir, donde el frío húmedo escudriñaba la médula de los huesos de su cuerpo sucio y desnudo hasta hacer que se asfixiara por el temblar de su pellejo. Recordaba aquel olor nauseabundo a tabaco, orín y moho y sobre todo, recordaba los gritos. Aquellos gritos horribles que salpicaban el aterrador silencio del edificio.
Se levantó y se dispuso a repetir la ceremonia durante tantos años repetida cada 5 de diciembre. Depositó cuidadosamente sobre el tocadiscos un vinilo del Réquiem de Mozart. Nunca había sido demasiado creyente, pero la solemnidad de aquellas primeras notas, le hacían notar la existencia de algo divino superior a nosotros. Desenvolvió la vela que el día anterior había ido a comprar, la encendió al lado del tocadiscos y cogió, intentando disimular el temblor de sus manos, el marco negruzco de la foto en blanco y negro del que fue su amor. Aquel hombre que arrancaron de su lado y del que nunca más supo nada.
Curiosa coincidencia, pensaba, la madrugada de un 5 de diciembre, murió el compositor de la obra que ahora escuchaba y muchos años más tarde, también en la madrugada de un cinco de diciembre unos golpes en la puerta, unos ladridos, un griterío ensordecedor y unas linternas inquietas irrumpieron en su lecho y les separaron para siempre.
Hacía tiempo que no sabía llorar. Durante muchos años albergó la esperanza de saber qué fue de él y qué pasó con el niño que le arrancaron nada más nacer, mientras ella suplicaba horrorizada bañada en su sangre y su sudor que se lo devolvieran, que era suyo, que era de él. Recordó de nuevo su odio y la desesperación de los días que vinieron. Recordó su sentimiento de culpabilidad, el miedo que sintió al pensar, qué le diré cuando salga de aquí, dónde buscaré, a quién preguntaré.
Sonaba el “Lacrimosa” cuando volvió a la realidad. Un nuevo boletín de noticias repetía otra vez las mismas imágenes, comentadas con las mismas palabras. Se sentó abrazando tiernamente la foto, la miró e intentó descubrir en ella algún rasgo nuevo, pero no encontró nada que no hubiese visto antes en los infinitos amaneceres que la habían sorprendido contemplándola. En la televisión los esbirros del dictador gritaban de nuevo, ignorando quizá las miles de vidas rotas por aquel maldito sádico asesino. No te mueras hoy, cabrón, pensó, no manches este día.
Apareció de nuevo en la pantalla la joven. ¿Qué era lo que le llamaba la atención de ella? La miró con curiosidad, de qué me suena, pensaba. Y fue entonces y sólo entonces cuando entendió. Fue entonces cuando sintió un dolor intenso en el estómago, cuando sus ojos se abrieron y su aliento se congeló durante una eternidad. Aquella mirada, aquel gesto, aquella boca. Lo supo todo en ese instante. Tienes el mismo genio que tu padre, murmuró.
Y entonces se levantó, se puso su rebeca, atusó su plateado cabello, empuñó su bastón y se dispuso a salir. Alzó su cabeza lo máximo que le permitieron sus maltrechas vértebras, adoptó la figura de alguien que iba a hacer justicia, de alguien que iba a explicar la verdad. Volvió a mirar la foto de su amado con una mezcla de rabia y ternura y le dijo, hoy te haré inmortal. Abrió la puerta y su gato, que perezosamente despertaba de su letargo, tan sólo pudo escuchar cómo susurraba, te pudrirás en el infierno, maldito hijo de puta.
Y fue entonces y sólo entonces cuando, al fin, recordó lo que era llorar.