Su vida entera había sido un constante ejercicio de superación, una carrera sin tregua contra él mismo sin reparar nunca en esos momentos de pausa que permiten contemplar el camino recorrido.
Sentado en aquella cervecería degustaba una caña bien tirada mientras observaba con curiosidad los gestos de una pareja de jóvenes que estaban sentados frente a él. Ella jugueteaba distraídamente con su teléfono móvil, indiferente a lo que su acompañante le decía. En la mesa de al lado, un hombre de aspecto agradable garabateaba figuras y símbolos en unas finas servilletas de papel con un bolígrafo transparente. De reojo, con cierta curiosidad, intentó saber lo que escribía aprovechando el ensimismamiento de éste.
Le pareció adivinar alguna frase, algún diagrama pero le llamó la atención lo que le pareció una sencilla fórmula, una ecuación o algo así, escrita en color negro bajo la cual, con letras mayúsculas, se leía claramente “Fórmula de Dios”. En ella, aparecían cuatro números, de hecho, tres letras, cuyo significado recordaba vagamente de su época de estudiante,dos signos y el número uno.
El hombre paró de escribir, le miró esbozando una sonrisa mientras se ajustaba las gafas y con voz suave le dijo, es bella, ¿verdad?. Ligeramente ruborizado al verse sorprendido en su fugaz intromisión contestó más por cortesía que interés, ¿qué significa?. El hombre sonrió de nuevo, dio la última calada a su cigarrillo y retorciéndolo en el cenicero lo apagó liberando en el ambiente un agradable olor a tabaco indio. Giró su cabeza y con voz parsimoniosa y la mirada ligeramente vidriosa inició su relato.
“Esta se conoce como la fórmula de Euler. En ella aparecen los números más importantes de las cuatro áreas principales de las Matemáticas, de la que dicen que es la reina de las Ciencias y del Saber. El número e por el Análisis, el número pi, por la Geometría, el número i (la unidad imaginaria) por el Álgebra y el número -1 por la Aritmética. Cada uno de ellos, por separado, desempeña su papel en el universo y en el porqué de las cosas, pero saben que están relacionados de esta forma tan simple y tan bella. Cuenta la leyenda que Dios quedó fascinado ante el descubrimiento de esa identidad, que entendió que la perfección de su obra se había visto superada por la sencillez con que esas constantes tan singulares se habían relacionado entre sí. Por ello creyó que debía hacer partícipes a los hombres de esta verdad para hacerlos mejores y más sabios. Buscó entre los mejores cerebros de la Tierra y decidió finalmente inspirar al gran Euler en sus sueños para que fuese él quien la redescubriera. ¿Sabe? Para muchos esta fórmula no es más que algo útil para hacer Ciencia, para desarrollar tecnología, para facilitar las telecomunicaciones,... Para mí es algo más. Para mí representa la esencia de la perfección. Quien la ha visto una vez, ya no puede olvidarla.”
Él escuchó atónito esas palabras y se preguntó cómo era posible que alguien viese algo hermoso en una simple relación entre números. Bohemio loco, pensó.
El hombre buscó unas monedas en su bolsillo que depositó una a una sobre la mesa, recogió sus papeles salvo aquel donde había escrito esa fórmula, se puso su chaqueta y le dijo, “debo irme”. Se puso de pie y al poco cuando apenas había recorrido dos metros se dio la vuelta y le dijo “Créame amigo, la perfección existe, lo difícil es darse cuenta de ello”.
Él observó su salida, dirigió su mirada hacia aquel trozo de papel y tras pensarlo unos segundos, tras darse cuenta de lo que aquello podía significar, apuró su cerveza, cogió su teléfono móvil... y la llamó.