El otro día estaba yo aburrido, estirado en el sofá y me dije, <<¿sabes qué, Tanhäuser? te vas a construir un bonito y práctico expositor de diplomas, así, con su espejo, sus anaqueles de metacrilato, sus visillos,...>> No es que tenga muchos diplomas, la verdad. De hecho no tengo ninguno, pero oye, el día que los tenga ¿qué? ¿dónde los pongo? Que no es cuestión de irlos colgando ahí, por todas las paredes como si uno fuese un vulgar oculista. Debo reconocer que lo más cerca que he estado en mi vida de hacer bricolaje fue una vez que me compré un libro de papiroflexia. Más monos que me salen los barquitos de papel. Menudas flotas he llegado a hacer. Lo malo es que todos me salen iguales, pero oye, a ver quién puede decir que tiene amarrados en la mesa dos yates de lujo y un acorazado.
Dada mi manifiesta ignorancia sobre el arte de la autoconstrucción, quise documentarme un poco. Me dijeron que hay un programa en la televisión, llamado Bricomanía, que enseña paso a paso cómo puedes construir un imprescindible mueble revistero con lámpara incorporada, un practiquísimo perchero para colgar sombreros de copa o una mecedora para gatos persas. Así que ya me tienes puntualmente, delante del televisor, para aprender de los que saben. Es que soy de un aplicado.
El programa ése está bien pero tiene fallos. El principal de todos es el momento en que te dicen el instrumental que vas a precisar. La verdad es que te quitan toda la ilusión cuando te dicen aquello de que tan sólo será necesario que dispongas de una amoladora para realizar acabados de cordones de soldadura o amolar superficies, una fresadora con fresas de carburo de tungsteno, tornillos de cabeza avellanada, una ingletadora con hojas de sierra de punta roma y eso sí, adhesivo de montaje, que digo yo, vaya estafa, mucho bricolaje para acabar montando las cosas con pegamento, como si hiciésemos una Torre Eiffel con palillos.
Como que esto del bricolaje me dio la impresión que era muy cansado y muy difícil, me volví a estirar en el sofá a pensar un rato y a intentar entender por qué esos tipos humillan de esta manera al conjunto de la población y creo que he dado con la solución. Se trata de una simple y miserable venganza. Resulta que ese señor no ha tenido una madre normal. A este pobre tipo le compensaban la falta de afecto con muchos juguetes y ahora se cree que quien no tenga una lijadora orbital con mecanismo de autoaspirado ni es hombre ni es nada.
Las madres normales, además de quererte mucho y regatearte la paga, con cuatro cosas hacen de todo. Mira sino las croquetas. Que haces cocido,... croquetas, que sobra pollo, ... croquetas. Yo tengo un amigo cuya madre hacía croquetas hasta con las cortezas del Pan Bimbo. Mmmm buenísimas. Era como comerte un Sandwich de pan rallado.
Las madres de verdad tienen herramientas polivalentes y eso te lo enseñan desde pequeños. Una zapatilla, por ejemplo, lo mismo te calza un pie, que aplasta un mosquito o te recuerda que en el salón de casa no se juega al fútbol. Y qué decir de las agujas. Todo kit de madre que se precie debe incorporar el paquete de Kleenex y sobre todo un tubito con agujas. Qué destreza, por favor. Que se te cae un botón, mamá te da la aguja y te dice que te lo cosas, que se te enquista un pelo en el antebrazo, pues con un algodón y una agujita, va mamá y te hace una cirugía que ya quisieran saber hacer muchos médicos de la Seguridad Social. A un amigo mío, su madre le limpiaba las uñas con alfileres, que es lo que decíamos en la piscina, tu madre no te ha visto los pies últimamente ¿verdad? Pie de mejillón le llamábamos al pobre.
Y lo mejor de todo es el momento en que forras esos libros que te compras a principio de curso y que sabes que no vas a abrir. Aquí la ayuda de la madre es imprescindible, sobre todo si usas forro autoadhesivo, porque en pleno proceso de forrado siempre aparece una burbuja indestructible. Es esa que empujas con el dedo como queriéndola expulsar de la tapa, pero que se resiste tanto que si empujas demasiado adopta la morfología de una uña y es un asco, la verdad, sobre todo si te apodan Pie de mejillón. Pues viene tu madre y todo arreglado. Abre el bolso, desinfla la burbuja de un pinchazo y pssssh problema resuelto.
En fin, que la próxima vez que me dé por querer hacer algo por mí mismo, daré media vuelta en el sofá para que se me pasen las ganas.
Y oye, perdona, pero te tengo que dejar. Es que se han levantado las niñas y me tengo que ir a hacerles el desayuno. Desenquistar pelos no sabré, pero me salen unas tostadas de rechupete. ¿Gustas?
¡Ah! y se me olvidaba. Que Feliz Navidad y todo eso.







