23 abril 2007

Gracias amigo

Dicen que es de bien nacido ser agradecido. Ignoro si soy bien nacido (¿los sietemesinos entramos en esta categoría?) y no soy quién para decir si realmente soy agradecido, eso lo dirán mejor los que están a mi alrededor y me padecen día a día. Lo que sí que sé es que el regalo que me ha hecho Jesús en su blog, me ha hecho una ilusión enorme.
Sabéis que Jesús es un entendido y gran amante de la poesía. Dotado de un timbre de barítono que ya quisieran para sí muchos locutores de radio y de una sensibilidad extraordinaria, mi nuevo gran amigo pone voz a poemas en su bitácola. Este fin de semana me ha agasajado con una declamación preciosa de algo (no precioso) que escribí hace unos días y quiero agradecerle públicamente este gesto tan hermoso.
Si le visitáis, no dejéis de leer su post sobre una bella tradición catalana: Les Caramelles.

Gracias de nuevo, amigo mío y feliz día de Sant Jordi a todos.

20 abril 2007

Quiero ser francés el domingo

Excelentísimo señor presidente de la República de Francia.
Me encanta el Camembert y soy devoto de los tintos de Burdeos que tienen como base
la Cavernet-Sauvignon, me he recorrido de todas las formas posibles las rutas de los cátaros, soy fan del Olympique de Lyon, chapurreo más bien que mal la lengua de Sartre y de su adorable Simone de Beauvoir (qué apellido tan maravilloso), he leído obras de Lévy-Strauss y Rousseau, me emociona escuchar según qué creaciones de la Nouvelle Chanson, cada día dedico mi tiempo a la Ciencia creada por Galois, Cauchy o Fourier, me sé casi de memoria todas las historias de Astérix y Obélix, puedo tocar al piano, sin partitura, la marcha de La Marseilleise, mi apellido es de origen galo, mi hermano tiene un Renault y no he estado nunca en Euro-Disney para que no se me acuse de hacer proselitismo norteamericano.
Quizá los méritos que aporto para obtener la nacionalidad francesa son escasos pero ¿no podría, su Excelencia, hacer una excepción? Me conformo con tener pasaporte galo hasta el Domingo y luego, si quiere, depórteme de nuevo al sur de de los Pirineos. Entienda que necesito poder votarla. Qué magnetismo y qué carisma tiene esa mujer, por favor. Si hasta Zapatero parecía gracioso en el acto de campaña de ayer en Toulouse.
De todas formas si, como me temo, no me concede la nacionalidad francesa, me queda el consuelo de saber que lo que pasa en su admirable país, lo tendremos en España dentro de 10 o 15 años. A ver si para entonces, tenemos la suerte de tener presidenta. Fíjese que a mí me da, que cuando una mujer ostenta estas responsabilidades, ha tenido que demostrar su valía, mucho más que sus rivales masculinos y que, por tanto, su brillantez está fuera de toda duda. Y si encima se parece a Segolène... bufff.

15 abril 2007

El día que llegó él

Era Domingo. A pesar del sofocante calor que asfixiaba aquel pequeño pueblo de casas blancas, tejas anaranjadas y gentes sencillas, las calles estaban llenas de risas, de saludos cordiales, de trajes de naftalina, de parasoles ribeteados y de juegos infantiles. Por doquier se percibían charlas y bromas, sonrisas cómplices entre amores secretos y por qué no, algunas miradas recelosas que delataban rencillas aun sin solventar. Se respiraba la alegría aparente de un pueblo vestido de fiesta, pero si algún forastero inexistente hubiese visitado el lugar, percibiría el pesado lastre particular que cada lugareño cargaba silenciosamente en su vida. Alguna mala historia, algún desengaño, alguna mentira. Demasiados desencantos.

Aquel día llegó él.


Se instaló a la entrada del pueblo como queriendo pasar desapercibido, en el lugar más adecuado para hacer ausente su presencia. Sonreía tímidamente a los chiquillos curiosos que se acercaban a ver quién era aquel extraño personaje, con traje blanco y elegante sombrero de paja que montado en una tartana, tirada por un viejo percherón y rompiendo el polvo del camino, había escogido aquel pueblo olvidado del mundo y castigado con tiranía por el sofocante calor y la luz cegadora del sol.

Bajo una lona de rayas dispuso de forma armoniosa una tabla, que hacía las veces de mostrador, camuflada por telas primorosamente bordadas con manos laboriosas y tras ella varias estanterías de madera cuyos anaqueles desconchados desvelaban su ya larga memoria de tiempos pasados.
Cuando acabó, extrajo de su carro un letrero decorado con pinturas gastadas en azul y colorado en el que, con la caligrafía de los titiriteros, aquel que quisiera podía leer "Remedios para el alma". Lo colgó con mucho cuidado. Después, parsimoniosamente, fue colocando uno a uno frascos de cerámica blanca y azul, botellas de colores con formas inauditas y cajas de distintos tamaños, forradas de terciopelo. Todos ellos con sus correspondientes etiquetas, la mayoría manchadas y roídas por el paso del tiempo, que anunciaban, con nombres dulces, el contenido de cada recipiente.

A los pocos días casi todas las gentes del pueblo le habrán pedido algún remedio para esas heridas que no se ven pero que sangran desalientos, heridas que no matan pero que quitan la vida o al menos, la ilusión de vivirla. Unos habrán usado el jarabe contra el desconsuelo, que él verterá en pequeños frascos de cuello estrecho y tapón de cristal pues, según dirá, no hay nada más frágil que el llanto de los hombres. Otros habrán comprado grageas para la desilusión, todas ellas de colores y con formas redondeadas, que deberán paladear durante días, porque la ilusión, para que lo sea, debe saborearse siempre. Y otros, la mayoría mujeres buenas, la infusión para curar el desengaño. Esas tisanas que ayudarán a cicatrizar la herida de la más vieja de las traiciones, aquella que provocarán palabras de miel pronunciadas por lenguas mentirosas.

Aquella joven de cabellos dorados y vestido blanco acudirá sola al caer un atardecer. Arrastrando los pasos llegará y pedirá un remedio que sane su mal, que mate su desesperanza. Lo hará con la mirada pétrea en la que se podrá adivinar la tortura de su alma y la razón de su pesar. Él sentirá cómo se erizará su piel, posará sus pupilas sobre el horizonte seco y recordará el día en que un ser hermoso se marchó y se llevó con él, para siempre, el único remedio que desde entonces le falta, el secreto de la esperanza.
Y al día siguiente, en aquel pueblo, ya no hará calor y en el lugar de las presencias ausentes ya no estará él, ni sus frascos, ni sus remedios, ni su sombrero de paja. Y al día siguiente, en aquel pueblo, ya no será fiesta y la joven de cabellos dorados y vestido blanco, llevando las riendas de un percherón, sonreirá con dulzura a los ojos que curaron su mal.

09 abril 2007

Palabras rescatadas

Hace un par de meses leí un artículo muy simpático en la acogedora casa de Peca en el que, con una ironía más que fina, se ponía de manifiesto la invasión que sufre el idioma castellano de neologismos que provienen del inglés. Ahora, no nos extraña nada que alguien compre un ticket para el parking, lea cómics, cene en un self-service o nos comamos ligth hasta las uñas. Mis hijas, aun siendo pequeñas, conocen el significado de todas esas palabras, pero estoy seguro que ignoran lo que quieren decir otras que yo usaba cuando era niño (tampoco hace tanto de eso... ¡qué horror!, sí que hace, sí) como bolindre, mandil, bochinche, pídola o alacena.
El caso es que visitando el blog de don-aire he conocido una iniciativa de la Escuela de Escritores que me ha parecido muy original. Consiste en apadrinar una palabra con el propósito de desentarrarla del olvido de nuestras conversaciones o de nuestros escritos. Yo estoy dudando entre aljaba (me encantan las palabras de origen árabe), saudade (puestos a importar palabras, el portugués se me antoja más hermoso) o mamperlán (a mí es que los steps me cansan). A ver si me decido de una vez o mejor, apadrino a las tres.

05 abril 2007

Tu brújula

Regálame esa brújula. La que no tiene Norte ni Sur, la que no dispone de marcas, la que desafía a los polos, la que no muestra vientos, la que ignora por donde sale el sol, la que tienes tú. Regálamela.
Dámela y con ella, déjame llegar a tus anhelos y a tus palabras, a tu humildad y a tu verdad, a tu ser y a tu esperar.
Quiero que me guíe entre tus sueños, tus temores y tus recuerdos. Que me indique el camino de tus ojos, que me diga cómo secar tus lágrimas, que me enseñe a escuchar tu sonrisa, a entender tu voz. Regálamela.
Y cuando lo hagas y cuando te encuentre, déjame que la pierda y que así me pierda yo también en tu soledad, para que escuchemos juntos el canto del tiempo y que de este modo, siempre, el futuro sea pasado y el mañana sólo sea el después. Regálamela.

29 marzo 2007

Duda existente o existencial

Acabo de leer que a un ciudadano suizo le han caído 10 años de cárcel por pintar con un spray, y bajo los efectos del alcohol (el ciudadano, se entiende, no el spray), sobre unos carteles del rey de Tailandia King Bhumibol Adulyadej (vaya nombrecito de enjuague bucal que se gasta el soberano). Parece que le habían pedido 75 años de cárcel pero al declararse culpable y al alegar su estado etílico le han rebajado la pena. No sé, de niño recuerdo haberle dibujado alguna vez bigote y gafas a la majestuosa figura del generalísimo. Incluso una vez le pinté unos pendientes monísimos que para sí querría Agatha Ruiz de la Prada. A ver si me voy a buscar un lío...
El presidente democráticamente elegido de un país llamado Euskadi, se ve obligado a comparecer ante un juez por reunirse con dirigentes de la llamada izquierda abertzale. Yo lo entiendo. A quién se le ocurre querer resolver los problemas hablando. Eso es cosa de británicos y gente de sangre menos caliente, pero aquí en España, las cosas se arreglan como está mandado, esto es, a tortazo limpio.
Me sorprende, eso sí, que a ciertos “magos” de las ondas como a don Fedeguico Jiménez-Losantos, se le aplaudan lindezas del estilo “Zapatero sólo habla con terroristas, maricones y catalanes. A ver cuándo lo hace con gente normal..." ¿Sabrá este “genio” quién es la gente normal?

Con estos precedentes y visto el revuelo que ha montado la derechona española a raíz de los 80 céntimos del café del presidente, dejando a un lado, eso sí, la cotización del ladrillo y del metro cuadrado de campo de golf o de urbanización de lujo en terrenos protegidos, me ha asaltado una duda existencial (no sé cómo son las dudas no existenciales). En mi trabajo el café cuesta 40 céntimos y a veces digo “caca, culo y pis”. ¿Me van a enchironar? Si es así, ¿alguien sabe si en la cárcel televisan el partido del Plus?

27 marzo 2007

Lágrimas de papel

El bibliotecario abrió la caja esbozando un fastidio pues ya empezaba a ser tarde y quería irse pronto a casa para cenar. No le gustaba la política del director que le obligaba a archivar y comprobar todas las donaciones que recibían. Es cierto que en ocasiones llegaban auténticos tesoros escondidos en la colección personal de algún erudito, que al morir, legaba sus libros a la Biblioteca para que sus herederos no hiciesen un mal uso de ellos. No obstante, lo normal era recibir colecciones, sin valor alguno, de novelas que ya estaban catalogadas en su centro y que le obligarían a listar para probar fortuna en el intercambio con otras bibliotecas con las que mantenían contactos mensuales. Si algo le fastidiaba era cambiar libros a peso, tal y como hacían en muchas ocasiones, pues lo habitual era que el contenido de estos trueques fuesen obras ya repetidas y que nuevamente deberían incorporarse al eterno proceso de volverlas a cambiar.
El fardo que había recibido era bastante grande y pesaba mucho. Dos hombres, con mucho esfuerzo, lo habían dejado en el sombrío cuarto donde trabajaba. Un lugar demasiado oscuro para la tarea que allí se realizaba, desordenado al extremo y alumbrado por una lámpara colgante que proyectaba su luz justo sobre la mesa donde gravitaba la donación del día.
Al abrir la caja, empezó a sacar los primeros volúmenes. Aparecieron algunas novelas repetidas hasta la saciedad en las estanterías del cuarto. Por un lado se alegró, pues eso le evitaría bastante trabajo al día siguiente, pero por otro sintió una rabia enorme por verse obligado a perder el tiempo por hacer algo que se le antojaba inútil. Poco después aparecieron libros que parecían más antiguos e interesantes. Una tabla de logaritmos de un tal F. Callet, sin duda, adquirida en algún anticuario y que habría pertenecido a algún marino, un Tratado de Física datado en 1856 y escrito por un tal A. Ganot, un atlas de Zoología en tres volúmenes enormes con láminas de papel de seda e ilustraciones maravillosas y una edición preciosa del “Principia Mathematicae Philosophiae Naturalis” de Newton con fecha del siglo XIX. Vaya, pensó, un amante de las Ciencias. No era habitual recibir este tipo de libros en una biblioteca de tendencia religiosa pues los donantes de estas obras solían escoger academias o universidades.
Estornudó varias veces a causa del polvo que albergaban los diferentes tomos que iba extrayendo y se sonó con el polvoriento pañuelo que guardaba en su sucia bata azul. Cuando terminó cogió la caja de cartón para llevarla a la basura pero observó que el peso de ésta era mayor que el esperado. Volvió a mirar en su interior y se percató que todavía quedaba un libro. Al cogerlo se dio cuenta que de hecho era una libreta encuadernada con una espiral metálica negra, cuya portada era un cuadro que había visto en alguno de los libros de arte que había catalogado alguna vez y que representaba la mirada serena de una mujer de pelo negro y vestido blanco tocado con un chal rojizo.
Retiró la goma que evitaba que se abriesen las páginas, como tratando de que no se vertiese el contenido que albergaban y empezó a ojearlo. Leyó alguna de las frases que el autor había escrito con letra clara y tinta azul. En primera persona le hablaba a una mujer de gaviotas, de vientos de mar, de momentos robados a lo eterno, de miradas, de suspiros, de noches en vela, de frases secretas, de cartas de amor… Se enfrascó en la lectura y al hacerlo notaba cómo aquellas ordenadas letras cobraban vida, se movían y se introducían en su alma haciéndole sentir una mezcla de dicha y de dolor.
Pasaron dos horas hasta que al fin llegó a la última página. Sólo contenía una frase y una pequeña mancha en medio, como si hubiese caído una gota de rocío que luego se hubiese secado. “Te amo tanto, mi luz, que me duele hasta el alma”.
El bibliotecario suspiró, cerró los ojos mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla y caía para acompañar a la que años atrás se había vertido en aquella página para acabar convirtiéndose en testigo perenne de aquella historia perfecta, para terminar siendo el testimonio de aquella eterna historia de amor.

18 marzo 2007

¡Tigre!

Hace unos años emitían un programa en la televisión en el que a un concursante se le sometía a serie de pruebas de destreza y de habilidad. Mientras el concursante, a toda velocidad, se deslizaba por toboganes, hacía mezclas imposibles, con harina, aceite de linaza y esmalte de uñas, se afanaba en introducir bolas por un agujero habiéndolas cogido con una cuchara y mil perrerías por el estilo, una voz de ultratumba le iba haciendo, de vez en cuando alguna pregunta de eso que llaman “cultura general”. Recuerdo que en una ocasión un concursante contestaba, fuese cual fuese la pregunta, con un contundente “¡Tigre!”. ¿En qué lugar se construyó el templo de Artemis, tercera maravilla del mundo? ¡Tigre!, ¿cómo se llama el pintor del famoso cuadro “El grito”? ¡Tigre!, Marte tiene dos lunas, Deimos y… ¡Tigre!
Supongo que su estrategia era no pensar demasiado y esperar a que la respuesta se adecuase a la pregunta. Si le hubiesen preguntado, qué animal es Shere Khan en el Libro de la Selva o cómo se llama el salto ese, que todos los hombres dicen que han hecho, pero que no ha hecho ninguno, pues habría acertado de chiripa y eso que tenía ganado.
El caso es que me hizo gracia eso del ¡Tigre! y reconozco que alguna vez lo he usado, eso sí, ante la perplejidad de la persona que hablaba conmigo.
Ayer lo usé otra vez ante un especimen de una nueva especie que acecha en nuestras vidas. Me estoy refiriendo al ¡Superpapi!
Seguramente conoceréis a las supermegamamis. Sí, ya sabéis, son esas señoras, con una eterna sonrisa en su rostro, irradiando una envidiable felicidad, un peinado digno del mismísimo Calatrava, ajenas a todo lo que no sea el moquito del nene, con unas cuerdas vocales que le impiden exceder un determinado número de decibelios cuando le hablan a su hijo y capaces de justificar la patada del angelito al pobre señor del bastón con un “es que le encanta jugar al fútbol”. Son señoras muy diferentes a las que abundan en mi entorno, mujeres que se cansan, que de vez en cuando están de malhumor, que en ocasiones, pensando en la última trastada de sus retoños, miran resignadamente al techo y con los dientes apretados murmuran un “¡Herodes vuelve!” o que de vez en cuando les sueltan “¡Me defeco (por no decir otra cosa) en la madre que te parió!
Si bien la figura de la supermegamami está muy estudiada, creo que faltan estudios serios sobre el superpapi y habría que hacer algo al respecto. Ese señor es fácilmente reconocible porque suele estar emparejado con una supermegamami, se anuda al cuello un suéter de color rosa, blanco o beige, viste ropa de marca, conduce un coche tres veces más ancho que el utilitario de la gente normal (para que le quepa el último modelo de la turbosillita plegable con airbag chichonero, hilo musical Disney Channel y tapizada en terciopelo pakistaní), se sabe de arriba a abajo las obras completas del “Ser padres hoy” y vive permanenteme pegado al móvil para hacerle preguntas a su pareja sobre el adiestramiento (ups, perdón) quise decir educación de su niño.
A mí me dan un poco de pena. Mientras los otros padres, en el parque, empujamos el columpio de la niña, leemos una novela, o el periódico, el superpapi se está leyendo “Cómo hablar de sexo con tus hijos”. A veces he estado tentado de sugerirle, que ya habrá tiempo de eso, que su hijo tiene dos años y que si ahora le habla de sexo, ¿de qué le hablará cuando tenga cinco? ¿de Mecánica Cuántica? ¿de Física de Altas Energías?
Es interesante ver el comportamiento de esta especie cuando a lo lejos se divisa a su mujer. En ese momento traga saliva y empieza a repasar mentalmente el “parte de bajas”. Así, mientras los padres normales reciben a su pareja con un beso y un “¿cómo ha ido el día? ¿te has acordado de comprar el pan?”, el superpapi, sin percatarse de que el peinado de su mujer sigue impecable y sin mediar saludo alguno, le enumera cronológicamente cada una de las efemérides de la jornada: a qué hora ha hecho pipí (los niños de los superpapis no hacen pis, hacen pipí), cuánta merienda (en gramos) ha ingerido, los minutos y segundos que le ha durado el último berrinche y el número de veces que ha intentado que memorizase el nombre de todos los niños de su clase mientras el angelito se esmeraba en arrancarle las alas a una mariposa.
Ayer tuve la suerte de hablar con un superpapi. ¡Qué estrés llevaba encima el pobre! No paraba de hacerme preguntas (me imagino que aquellas que no se atreve a hacerle a su mujer). El caso es que al poco rato y con la naturalidad que caracteriza a los individuos de esta especie me preguntó ¿Tus hijas comen alimentos probióticos o liofilizados?. Tras unos eternos cinco segundos en los que, de manera heroica, contuve mi carcajada, no pude evitar contestarle con un sonoro ¡Tigre!
Pobrecillo, acto seguido cogió el móvil y llamó a su mujer para decirle que tenía serios indicios de que el tigre era apto para la dieta de los niños.

Imagen: Jordi Labanda

12 marzo 2007

La calle

“Se piensa” rezaba el letrero situado encima de aquella tienda singular.
La calle de los tenderos silenciosos era un regalo para el visitante. Toda blanca, con balcones de flores y grandes ventanales de colores por donde el sol de la fresca y radiante mañana acallaba el silencio de la noche.
No salía en los mapas, ni en las guías. La calle estaba allí para aquel que supiera encontrarla y se encondía del bullicio, del ruido y de la ostentación.

Se cosen botones, Se vende vino para charlar, Se escriben poemas, Se cambian palabras. Cada tienda con su pequeño cartel de letras primorosamente trabajadas anunciaba su actividad e invitaba al transeúnte a entrar, a husmear, a degustar, a escuchar la nada de aquella calle maravillosa.
Pero el visitante sentiría curiosidad por la primera, por la más espléndida, la más escondida, la más misteriosa. Movería el pomo de aquella puerta blanca, atravesaría las cortinas de cuentas de cristal y con parsimoniosa cautela pasaría bajo el letrero del “Se piensa” para saber el tipo de mercancía que allí se ofrecía al comprador. ¿Acaso ideas? ¿acaso recuerdos? ¿acaso anhelos?.

Y después unos ojos bellos y una sonrisa blanca le dirían ¿dormías?. Quizá soñabas. Y él contestaría. “No. Pensaba. Te pensaba”.

04 marzo 2007

La fórmula de Dios

Su vida entera había sido un constante ejercicio de superación, una carrera sin tregua contra él mismo sin reparar nunca en esos momentos de pausa que permiten contemplar el camino recorrido.
Sentado en aquella cervecería degustaba una caña bien tirada mientras observaba con curiosidad los gestos de una pareja de jóvenes que estaban sentados frente a él. Ella jugueteaba distraídamente con su teléfono móvil, indiferente a lo que su acompañante le decía. En la mesa de al lado, un hombre de aspecto agradable garabateaba figuras y símbolos en unas finas servilletas de papel con un bolígrafo transparente. De reojo, con cierta curiosidad, intentó saber lo que escribía aprovechando el ensimismamiento de éste. 
Le pareció adivinar alguna frase, algún diagrama pero le llamó la atención lo que le pareció una sencilla fórmula, una ecuación o algo así, escrita en color negro bajo la cual, con letras mayúsculas, se leía claramente “Fórmula de Dios”. En ella, aparecían cuatro números, de hecho, tres letras, cuyo significado recordaba vagamente de su época de estudiante,dos signos y el número uno.
El hombre paró de escribir, le miró esbozando una sonrisa mientras se ajustaba las gafas y con voz suave le dijo, es bella, ¿verdad?. Ligeramente ruborizado al verse sorprendido en su fugaz intromisión contestó más por cortesía que interés, ¿qué significa?. El hombre sonrió de nuevo, dio la última calada a su cigarrillo y retorciéndolo en el cenicero lo apagó liberando en el ambiente un agradable olor a tabaco indio. Giró su cabeza y con voz parsimoniosa y la mirada ligeramente vidriosa inició su relato. 
Esta se conoce como la fórmula de Euler. En ella aparecen los números más importantes de las cuatro áreas principales de las Matemáticas, de la que dicen que es la reina de las Ciencias y del Saber. El número e por el Análisis, el número pi, por la Geometría, el número i (la unidad imaginaria) por el Álgebra y el número -1 por la Aritmética. Cada uno de ellos, por separado, desempeña su papel en el universo y en el porqué de las cosas, pero saben que están relacionados de esta forma tan simple y tan bella. 
Cuenta la leyenda que Dios quedó fascinado ante el descubrimiento de esa identidad, que entendió que la perfección de su obra se había visto superada por la sencillez con que esas constantes tan singulares se habían relacionado entre sí. Por ello creyó que debía hacer partícipes a los hombres de esta verdad para hacerlos mejores y más sabios. Buscó entre los mejores cerebros de la Tierra y decidió finalmente inspirar al gran Euler en sus sueños para que fuese él quien la redescubriera. 
¿Sabe? Para muchos esta fórmula no es más que algo útil para hacer Ciencia, para desarrollar tecnología, para facilitar las telecomunicaciones,... Para mí es algo más. Para mí representa la esencia de la perfección. Quien la ha visto una vez, ya no puede olvidarla.
Él escuchó atónito esas palabras y se preguntó cómo era posible que alguien viese algo hermoso en una simple relación entre números. Bohemio loco, pensó. 
El hombre buscó unas monedas en su bolsillo que depositó una a una sobre la mesa, recogió sus papeles salvo aquel donde había escrito esa fórmula, se puso su chaqueta y le dijo, “debo irme”. Se puso de pie y al poco cuando apenas había recorrido dos metros se dio la vuelta y le dijo “Créame amigo, la perfección existe, lo difícil es darse cuenta de ello”. 
Él observó su salida, dirigió su mirada hacia aquel trozo de papel y tras pensarlo unos segundos, tras darse cuenta de lo que aquello podía significar, apuró su cerveza, cogió su teléfono móvil... y la llamó.
 

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